Resulta difícil separar lo personal de lo institucional cuando se escribe sobre alguien a quien uno ha conocido y tratado desde hace casi cincuenta años. Porque mi primer contacto con Eugenio García Zarza fue como profesor de Geografía en el segundo curso en la entonces Facultad de Filosofía y Letras. Siempre mantuvimos una buena relación, que se estrechó en los últimos años al cobijo de la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de Salamanca. Él ya había asumido desde hacía mucho tiempo el compromiso con la Asociación, a la que apoyó y defendió en las etapas más delicadas. Luego, compartimos tareas en la Junta Directiva hasta la transición de ASUS hacia ALUMNI – USAL. Angelita Calvo y Enrique Cabero, entre otras muchas personas que generosamente dedicaron su tiempo a esta causa, pueden dar buena fe de la desinteresada entrega por parte de Eugenio al fortalecimiento de una asociación pionera en el panorama universitario español.

Cuando ALUMNI emprendió una nueva andadura y hubo que llevar a cabo transformaciones estructurales y administrativas, Eugenio siempre hizo oír su voz en las asambleas, apoyando unas veces y discrepando otras, pero con la honestidad y el espíritu constructivo que le caracterizaba. Siempre estuvo dispuesto a colaborar en todo lo que se pidió (que no fue poco): conferencias, seminarios, viajes, recorridos con explicaciones geográficas, artísticas, paisajísticas, costumbristas, etc. Tenía a gala haber sido maestro antes que profesor universitario, y esa impronta docente era consustancial en él. Su conocimiento de la provincia y de la ciudad de Salamanca ha quedado de manifiesto en numerosas publicaciones. Y ese conocimiento lo puso desinteresadamente a disposición de Alumni en todo momento. Tocado ya por el fatídico rayo de la enfermedad, aún abrigaba la esperanza de servir de guía en las visitas a Ciudad Rodrigo y al Campo Charro –su campo charro— previstas para el próximo mes de octubre con motivo del Primer Encuentro Iberoamericano de Antiguos Alumnos de la Universidad de Salamanca.

Shakespeare nos recuerda en la escena segunda de Hamlet que todo lo que vive ha de morir, pasando así de lo que él denomina “natural” a la eternidad. Y casi al final de Macbeth insiste el bardo de Stratford en que la vida no es más que una sombra pasajera. Pero, añado yo, es humano rebelarse contra ello. Es humano disentir de ese fatal designio cuando la muerte nos arrebata a personas acreedoras de nuestro afecto. Como ha sucedido con Eugenio, por más que en nuestro sentimiento de tristeza reflejemos el bálsamo del alma dolorida.

En un bellísimo poema de 1979 titulado “Esa batalla”, Mario Benedetti se pregunta sobre cómo compaginar la aniquiladora idea de la muerte con el incontenible afán de la vida, sobre cómo acoplar el horror con la alegría, sobre cómo desactivar la lápida con el sembradío, la guadaña con el clavel. El poeta se pregunta si el hombre es, al fin y a la postre, eso, esa batalla. Y sí, parece que eso es lo que somos. Huellas de ida y vuelta, trazos a lo largo de un camino que dibujamos con nuestras cavilaciones, vestigios de futuros, silencios de palabras, saludos con adioses, virutas que vamos dejando caer mientras damos forma a nuestra existencia.

La vida es incertidumbre, duda constante. Sin embargo, y paradójicamente, la única certidumbre que tenemos en la vida es esa que le pone fin, la rara vecindad con el no ser. Todos nos planteamos alguna vez, como el poeta en “Preguntas al azar”, cuántos septiembres están aún por venir, cuántos soles atenuantes, cuántos crepúsculos.

Dejando tras de sí un barrunto de pena en todos aquellos con quienes trató, Eugenio García Zarza ha echado ya su botella al mar, llena de bondad, de pasión por su tierra, de profundos conocimientos con armazones bien construidos, de pasiones y legajos que siempre conservaremos en la memoria. Porque Eugenio solo se ha ido de viaje, si tenemos en cuenta que la palabra “viaje” se entendía antes del siglo XVI, no como desplazamiento ni trayectoria entre un punto de partida y otro de llegada, sino como inicio de un camino. En ese sentido, fue un excelente viajero, en tanto una de sus muchas pasiones era interrogarse, a través de la geografía, de los monumentos, de los espacios, sobre sí mismo y sobre cuanto le rodeaba: escucharle significaba descubrir, no los paisajes, sino las huellas que las historias humanas –y las geografías humanas– habían dejado en ellos.

Eugenio ha iniciado otro viaje para explorar otros territorios. Frente a Ulises, que viaja para regresar a Ítaca, o Abraham, que abandona su tierra por otra desconocida para no regresar. Puede que allí donde esté ahora ocupe el Aleph borgiano, ese lugar que es todos los lugares vistos desde todos los ángulos.

La muerte es el silencio que queda después, y después del después. Es el reposo que, como en el poema de Aleixandre, consiente perder su forma continua, es la que siempre nos acecha tendida en la penumbra, como una mano silente que, despacio, acaba siempre llegando hasta nuestras venas. Pero la muerte también es, muy a su pesar, la prueba fehaciente de que hubo vida, de que hubo amor, de que hubo personas a las que quisimos y nos quisieron.

Y así, su triunfo es apenas parcial, porque el recuerdo de Eugenio quedará siempre en la memoria, que es el porvenir del pasado. Su cuerpo ha superado el efímero aire del instante para aventar por otros parajes por los que sin duda seguirá ejerciendo su magisterio, dado que al fin y a la postre es eso lo que fue, un maestro en bonhomía.

Creo que puedo decir en nombre de todos los miembros de la Junta Directiva de ALUMNI – USAL  –y me atrevería a incluir también a su Consejo Asesor— que la pérdida de Eugenio, uno de los miembros más antiguos y respetados, nos ha causado un hondo pesar. Estoy seguro de que desde ese espacio privilegiado por el que ahora camina seguirá dibujando su peculiar geografía del pensamiento, una geografía que nos ayudará a todos a seguir cartografiando nuestra propia extraterritorialidad.

Román
(Miembro de la Junta Directiva de ALUMNI en funciones)

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