Cuando las diversas civilizaciones tomaron conciencia de que el ritmo de la vida sobre la tierra estaba marcado por la periodicidad del sol (con su amanecer y ocaso definiendo cada día, con su mayor o menor cercanía generando las estaciones del clima), se fueron preocuparon de establecer algún sistema para contar esos días.

Los romanos, por ejemplo, utilizaban muescas o calas para señalar el paso de los días, de ahí la palabra calendario, que se marcaban sobre un hueso o sobre un anillo, con el que representaban el ciclo del sol en el horizonte. Ese es el origen de la palabra año (del latín “annus”, anillo), indicativa de que se habían completado las calas en ese anillo, el sol volvía a estar en el mismo momento en el mismo sitio, y había pasado el ciclo de un año. Luego el año era dividido en meses (del latín “mensis”, medida), que señalaban lo que la luna tardaba en girar alrededor de la tierra, un tiempo que oscila de 28 a 31 días. Y ese giro de cada mes se dividía a su vez en cuatro fases o cuartos lunares, correspondientes a una semana (del latín “septimana”, medida de 7 días).

El primer calendario romano fue el de Rómulo, primer rey de Roma, con un año de 304 días, dividido en 10 meses de 30 o 31 días, con denominaciones antecedentes de las que usamos actualmente. Luego se utilizó un segundo calendario, el del rey Numa Pompilio, con el que cada año se contaban 355 días, añadiéndose dos nuevos meses y un mes adicional de días variables cada dos años, para ajustarse al año solar. Hasta que llegó Julio César y encargó al astrónomo Sosígenes de Alejandría su “calendario juliano”, con un año de 365 días y 6 horas, asombroso, pues esa cifra sólo tiene un margen de error de 11 minutos y 9 segundos al año, menos de un segundo al día. Las 6 horas al cabo de 4 años daban un nuevo día al año “bisiesto” (bis-sexto, que viene de ese 6 que sobra). Para darse fama, Julio César puso el contador de años a cero, y añadió un día al mes de Julio (por su nacimiento), algo que para no ser menos copió su sucesor Augusto con Agosto, días que le quitaron a Febrero.

La idea de poner el contador a cero la volvió a tener luego Diocleciano con el inicio de su mandato, hasta que el cristianismo puso ese cero sobre el año del nacimiento de Cristo. De fijar cuando había sido se encargó un monje matemático llamado Dionisio el Exiguo, que también fue quien estableció la fecha para celebrar la pascua (domingo de resurrección de la Semana Santa) en el primer domingo después de la primera luna llena después del inicio de la primavera. Dionisio determinó que Cristo había nacido en el año 753 desde la fundación de Roma, tomando como referencia la datación del reinado en Judea de Herodes el Grande. Y así generó un problema que aún persiste, porque se equivocó en unos cuantos años fijando el reinado de Herodes, de modo que el nacimiento de Cristo hay que situarlo más bien entre el año 6 ó 4 antes de Cristo.

En cuanto a las imperfecciones que se arrastraban del calendario juliano, hubo de esperar a que el Papa cristiano Gregorio XIII tomara en consideración los cálculos de los ritmos del sol y la luna que en 1515 se realizaron en la Universidad de Salamanca (véase la obra “Salamanca y la medida del tiempo”, de Ana María Carabias), encargando a una comisión de astrónomos la creación de nuestro actual calendario gregoriano, implantado por bula papal desde el 24 de febrero de 1582.

Así que entre romanos, astrónomos y monjes matemáticos, con la Universidad de Salamanca por el medio, ustedes verán a quien echarle la culpa cada vez que no les cuadren las cuentas de sus vacaciones en el calendario.

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