Me entero por casualidad la semana pasada, el mismo día de su funeral, del fallecimiento de Dª Gloria Begué Cantón estas navidades.

Es difícil resumir en unas líneas la trayectoria de Dª Gloria Begué sin tener la sensación de que uno se deja cosas por el camino. Basten algunos datos para darnos una idea de la dimensión y relevancia de su figura: primera mujer catedrática de una facultad de Derecho desde que ganara la cátedra de Economía Política y Hacienda Pública en la Universidad de Salamanca (1964); primera mujer decana de una facultad de Derecho (1969); senadora por designación real en la legislatura constituyente (1977); magistrada (entre 1980 y 1989) y vicepresidenta (entre 1986 y 1989) del Tribunal Constitucional.

Dª Gloria Begué ayudó a fraguar y consolidar nuestra democracia y nuestro Estado de Derecho. Tuvo un papel esencial en la redacción de algunos artículos de la Constitución, por ejemplo, los relacionados con los principios rectores de la economía y dejó su impronta durante su paso por el Tribunal Constitucional en el que actuó como ponente en más de un centenar de sentencias en un momento clave para nuestra incipiente democracia, y en el que, con su buen hacer, ayudó a labrar el prestigio del Tribunal Constitucional. Pero no pretendo en este breve post profundizar en su labor en el Tribunal Constitucional.
El motivo de este post es otro. Me mueve a escribir estas líneas no solo el aprecio y agradecimiento que como alumno suyo tengo hacia su persona (pero sobre esto volveremos más tarde) sino la desazón que me produce que la desaparición de una figura de su talla no haya tenido la repercusión mediática que se merece.

Busco en Google noticias en periódicos sobre su fallecimiento y, dejando a un lado a la prensa salmantina, apenas encuentro un obituario (excelente, eso sí) en un blog asociado a un periódico digital nacional. En un primer momento pienso que quizás el algoritmo del buscador de Google se ha vuelto loco y que no es verdad eso de que lo que no está en Google no existe, pero no, en esta ocasión parece ser así. Insistiendo en mi búsqueda me topo con un medio digital que se hace eco de un comunicado de la asociación de mujeres juezas de España (AMJE) en el que se denuncia precisamente la nula cobertura mediática del fallecimiento de Doña Gloria Begué, denuncia que también hace Victoria Ortega, la Presidenta del Consejo General de la Abogacía, y alumna de Dª Gloria, en un post de su blog.

Como afortunadamente existe mundo más allá de Google en los últimos días he leído algún otro obituario como el de Jorge de Esteban o Juan Velarde que empiezan a tratar de paliar esa discretísima cobertura mediática que la desaparición de una persona como Dª Gloria Begué Cantón ha tenido.
Los hechos aquí descritos nos deberían hacer reflexionar sobre el camino que como sociedad todavía tenemos que recorrer. Una sociedad que no es capaz de rendir tributo a personas de esta categoría en el momento de su fallecimiento no está haciendo primar valores como la excelencia, la lucha por el bien común y la independencia, entre otros, que estas personas excepcionales representan. Pero creo que no es necesario incidir más sobre este tema. Además, no quiero terminar este post quedándome solo en la denuncia de esta situación. Prefiero terminarlo reiterando mi profunda admiración y agradecimiento a la figura de Dª Gloria Begué Cantón. Y para ello, si me lo permiten, y aunque no deja de ser algo quizás demasiado personal, me gustaría compartir con ustedes mi experiencia como alumno suyo.
Oí hablar de Dª Gloria Begué incluso antes de llegar a la Universidad en Salamanca. Tengo un vago recuerdo, siendo un chiquillo, de cómo se comentaba en casa de mis abuelos que mi tío había sacado una nota excelente en su clase. Dª Gloria tenía fama de profesora exigente, recta y de haber convertido su asignatura en una materia del máximo rigor y nivel académico. (Dª Gloria, además de su doble licenciatura en Derecho y Economía y su doctorado en Derecho estudió entre 1958 y 1961 en la Universidad de Chicago con los mejores economistas de su época (Friedman y Stigler, entre otros).
Yo tuve la suerte de coincidir con ella en el año 1989 a su vuelta a la Universidad de Salamanca tras su paso por el Tribunal Constitucional. La recuerdo con su voz grave impartiendo unas clases preparadas al detalle, clarísima en sus explicaciones, inteligente, solida, siempre intentando motivar a sus alumnos a fomentar un pensamiento crítico e independiente y abierta a cualquier observación. Era seria en las formas, quizás heredadas de otra época o de haber sido una mujer que tuvo que abrir caminos ignotos en el mundo de hombres en el que le tocó desenvolverse, pero cuando uno se acercaba a ella con la frescura con la que lo puede hacer un universitario que no se deja asustar por ese caparazón, se encontraba con una persona accesible, sólida, no solo en lo académico sino en valores, profundamente humana, sin perjuicio de su rigor y exigencia, y dispuesta a servir y ayudarte en lo que estuviera en su mano.

A ella acudí a pedirle cartas de recomendación cuando decidí solicitar becas para ampliar mis estudios de post-grado en el extranjero o en algún momento cuando no veía claro el camino por el que seguir. Recuerdo sobre todo una conversación en el café Novelty de la Plaza Mayor de Salamanca, años después de haber terminado la Universidad, dónde con su clarividencia e inteligencia habitual me enseñó una avenida donde yo solo veía un vericueto incierto.
Como se dijo en la homilía de su funeral, Dª Gloria Begué Cantón fue una persona que “sirvió a su país, a la ciencia y a sus alumnos”. Un bonito epitafio digno de su valía. Descanse en paz.

“Publicado en el blog ¿Hay Derecho?, el 18 de enero de 2017”

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