Recientemente se han publicado dos libros superventas que han reavivado las teorías de la Ciencia que apuntan hacia la existencia de un creador del Universo: “Dios, la Ciencia, las Pruebas” (1) y “Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios” (2). Al margen de que las explicaciones allí presentadas resulten más o menos convincentes, una cosa sí está clara, que el interés por estos temas está más vivo que nunca, que las grandes preguntas de la existencia humana siguen estando presentes: ¿por qué existe el Universo?, ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿el hombre es exclusivamente materia o hay algo más?

En estos libros se desarrollan diferentes argumentos sobre el origen del Universo y la aparición del hombre en la Tierra; en sus páginas se abordan las teorías científicas que parecen sugerir la existencia de una inteligencia creadora que comúnmente llamamos Dios. Los cuatro argumentos que allí se proponen son los que se discuten a continuación.

Teoría del Big Bang (gran explosión)

 Alexander Friedmann en 1922 y Georges Lemaître en 1927 habían propuesto, a partir de la teoría de la relatividad de Einstein, que el Universo no era estático, sino que estaba en expansión. La observación experimental de dicha expansión llegó en 1929 cuando Edwin Hubble advirtió que la luz que proviene de las galaxias distantes estaba desviada hacia la zona roja del espectro electromagnético. Ese desplazamiento hacia el rojo indicaba que las fuentes de luz se alejan con respecto a nosotros. Lemaître propuso en seguida la hipótesis de que el Universo no es eterno, sino que tuvo un comienzo, su origen sería el de un “núcleo primitivo” que habría concentrado la materia y la energía, y que al explosionar habría dado lugar a una expansión de la materia en el tiempo que acabaría en la formación de las galaxias, las estrellas y los planetas.

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Esta nueva teoría era revolucionaria y tardó varios años en ser admitida. Hubo un gran rechazo y en 1949 el término “Big Bang” fue acuñado por Fred Hoyle para ridiculizar la teoría, pero, por ironías del destino, acabó prevaleciendo en sentido positivo. Tuvieron que pasar varios años para que la teoría tuviera la prueba experimental definitiva. Fue el descubrimiento de la radiación cósmica de fondo en 1964 por Arno Penzias y Robert Wilson. Ambos investigadores, sin haberlo buscado, habían descubierto la señal residual electromagnética emitida por el Big Bang (digamos su “eco”). Finalmente, en 1998 se propone que la expansión de las galaxias se está acelerando, como se confirmó después por las observaciones de las misiones espaciales WMAP (2001) y Planck (2009). La teoría del Big Bang de Lemaître, sin el pretenderlo, evocaba de alguna manera una creación en el tiempo, lo que levantó críticas en ciertos entornos materialistas.

El contraargumento del Big Bang es la hipótesis de los multiuniversos (multiversos), según la cual nuestro Universo sería uno entre los millones que habrían aparecido a partir de un momento inicial y que, en el nuestro, habrían coincidido por azar los valores concretos de las leyes físicas que lo han hecho posible (1: pp. 209-2014). Esta teoría alternativa al Bing Bang es en realidad una hipótesis matemática y presenta el problema de que no se puede verificar ni falsar. Otra teoría crítica al Big Bang, es la del Universo estacionario, que propone que el Universo ha existido siempre y siempre existirá en un estado de permanente equilibrio, no tendría principio ni fin, simplemente sería.

Existen en Física unas veinte o treinta constantes fundamentales que están tan afinadas a valores fijos que, si alguna de estas constantes fuera ligeramente diferente, no habría tenido lugar la existencia del Universo ni su evolución. Un ejemplo es la fuerza de la gravedad F=G(m1m2/d2), donde G es la llamada constante de gravitación, que tiene un valor de 6,67418 x 10-11 m3kg-1s-1. Si su valor hubiera variado en tan solo los últimos decimales cuando empezó el Universo (Big Bang), éste se habría colapsado, o se habría expandido excesivamente sin formar las galaxias y las estrellas. Algo semejante ocurre con otras constantes físicas y las relaciones entre ellas, como las que existen entre las fuerzas nucleares y la fuerza electromagnética, entre la masa y la carga del protón y el electrón, o la constante de Planck que regula los niveles de energía en los átomos (1: pp. 177-208). Parecen muchas coincidencias. Solo hay dos explicaciones posibles, o han sido fruto del azar o de una programación por una inteligencia superior, este es el gran dilema.

Una consecuencia del ajuste fino del Universo, es lo que se ha dado en llamar teoría antrópica del Universo (del griego anthropos que significa hombre), según la cual el Universo estaría desde su origen delicadamente afinado para que apareciera la vida humana millones de años después. La versión débil de esta teoría asume que, el hecho de que el rango de variación permitido en muchas constantes físicas sea tan pequeño, significaría que, de no haber concurrido a la vez, no habría podido aparecer la vida ni la especie humana sobre la Tierra; o lo que es lo mismo, el Universo parece haber evolucionado a la medida del hombre. La versión fuerte supone que el Universo desde el comienzo estaba diseñado hacia la aparición en él de la vida inteligente; es decir, habría existido una finalidad en el comienzo y evolución del Universo, pero este significado fuerte escapa a la metodología experimental de la Ciencia y entra más bien en el campo de la filosofía y de la religión (3: p. 70). Una crítica al ajuste fino es que los valores de las constantes físicas podrían haber coincidido por azar, o por ser un universo particular entre otros miles de multiuniversos existentes.

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El ajuste fino biológico

Aparte del anterior ajuste fino cosmológico, parece darse en la naturaleza un ajuste para la aparición de la vida a partir de la materia inerte, que se podría llamar ajuste fino biológico (1: p.223). En la actualidad, la teoría científica de la evolución está bien sustentada, existiendo nuevos datos del proyecto genoma humano y de la filogenética que ponen de manifiesto, en base a las secuencias de ADN, que las diferentes especies presentan genomas relacionados que procederían de ancestros comunes (4: pp. 120-156). No obstante, existe en la evolución un enigma para el que no se ha encontrado ninguna prueba convincente: el salto de lo inerte a la célula viva.

Los conocimientos actuales de la Bilogía Celular y la Bioquímica demuestran la grandísima complejidad de las células con sus miles de componentes perfectamente ensamblados: ADN, ARN, ribosomas, proteínas, enzimas, como se aprecia en el siguiente esquema para una célula con núcleo:

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Varios autores han calculado las probabilidades de que tales acoplamientos se puedan haber producido por azar a partir de sus componentes inertes (1: pp. 252-255). Por ejemplo, el bioquímico Robert Shapiro, estimó en 1 en 1040.000  la probabilidad de formación, por azar, de las 2.000 proteínas presentes en una simple célula bacteriana, lo que sería equivalente a cero (1, p. 254).

En conclusión, se vuelve al dilema de si la causa de la aparición de la vida sería el puro azar, o si una inteligencia superior dotó al Universo de unas leyes de la naturaleza, perfectamente programadas, que determinaron de manera natural el salto de lo inerte a lo vivo (1: p. 256)

La muerte térmica del universo 

En 1865, Rudolf Clausious, estableció el concepto físico de entropía. En palabras sencillas, la entropía es la magnitud que mide el desorden de un sistema. El segundo principio de la Termodinámica se basa en esta idea y establece que, en un sistema aislado en el que ocurre un proceso espontáneo, la entropía aumenta irreversiblemente hasta alcanzar un valor máximo (máximo desorden), llegando así a una situación final de equilibrio térmico. Como tal principio, no es deducible, sino que es fruto de la experiencia. Un ejemplo sencillo es considerar un gas confinado en un recipiente en una habitación aislada, si se abre la llave del recipiente el gas siempre tiende a expandirse hasta ocupar toda la habitación y por tanto al desorden, y nunca ocurre que el gas vuelva a entrar de nuevo en el recipiente.

Si pensamos en el Universo, en el momento inicial del Bing Bang la entropía sería mínima y, considerándolo como un sistema aislado, todos los procesos que han tenido lugar en él habrán ido aumentando su entropía, que seguirá creciendo en el futuro hasta alcanzar una entropía máxima. La consecuencia es que el Universo habrá de tener necesariamente un final; las estrellas se apagarán por falta de su combustible el hidrógeno y la temperatura bajará, lo que se ha dado en llamar la muerte entrópica o térmica del Universo (el Universo sería como el fuego que arde en una chimenea, ambos han de consumirse en un tiempo finito (1: p. 59)). El Universo se irá acabando poco a poco, pero no muy pronto, algunos cálculos cifran el final de la tierra en 4.500 millones de años cuando el sol se vuelva una estrella gigante roja antes de apagarse del todo (1: p. 75). 

¿Puede la Ciencia demostrar o negar la existencia de un Dios creador?

 La Ciencia no puede contestar a esta pregunta de una manera rigurosa. La Ciencia estudia la materia mediante el método científico, que tiene sus limitaciones: se observa un fenómeno experimentalmente, se formula una hipótesis que lo interprete, se busca la ley matemática que sigue, y por último se propone una teoría que lo explique. Parece claro que Dios, como ser trascendente, ha de estar fuera de la materia a la que la Ciencia puede aplicar su método; en consecuencia, el científico no puede observar a Dios en la naturaleza y no podrá demostrar o negar su existencia. Parafraseando a C.S. Lewis, una analogía sería pensar en un edificio, uno puede tener la intuición de que habrá habido un arquitecto, pero no puede pensar en encontrarlo en alguna de las paredes, el arquitecto debe existir, pero habrá que buscarlo en otro sitio. El científico puede aceptar también que un ser superior, aparte de haberse manifestado en la complejidad del Universo, puede haberse dado a conocer de alguna otra forma, revelándose a través de la Historia, de los escritos bíblicos o de la experiencia religiosa. En conclusión, la Ciencia estudia la materia y sus leyes, la creencia en un Dios se basaría en realidades espirituales, en buscar explicación a preguntas como ¿por qué hay algo en lugar de nada?, ¿por qué tenemos libertad y conciencia?, preguntas que se resisten a ser explicadas como meras interacciones materiales que es lo que puede estudiar la Ciencia. La Ciencia, pues, se ocuparía del como ocurren las cosas, la fe en Dios del porqué de las cosas.

En los apartados anteriores se han comentado los argumentos y contrargumentos de algunos libros recientes sobre los indicios a partir de los cuales se intuye la posible existencia de un Dios creador. El debate está abierto, cada uno puede reflexionar sobre estos temas y formarse una opinión de todos ellos.

Bibliografía 

1) Bolloré, Michel-Yves; Bonnassies, Olivier (2023). Dios, la Ciencia, las Pruebas: el albor de una revolución. Editorial Funambulista, Las Rozas (Madrid). https://dioslaciencialaspruebas.com/

2) González-Hurtado, José Carlos (2023). Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios. Editorial Voz de Papel, Madrid.

3) Udías, Agustín (2001). El Universo, la Ciencia y Dios. Editorial PPC, Madrid.

4) Collins, Francis S. (2022). ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe. Sexta edición. Editorial Ariel, Barcelona.