La verdad es que defender o condenar la Transición es un ejercicio intelectual improcedente. No debe olvidarse que lo que llamamos La Transición, aunque relativamente reciente, no es sino un período histórico, igual que lo fueron, salvando todas las distancias que haya que salvar, la Restauración Canovista, la Década Moderada o el Trienio Liberal. Y que yo sepa, al menos los historiadores, nadie está a favor o en contra de aquellos momentos históricos; a los sumo se puede producir en quien los investigue, o en quien los estudie, una mayor o menor comprensión de las causas y circunstancias que llevaron a las personas de esas épocas a comportarse como lo hicieron, y a que experimentemos una mayor o menor empatía con ideas, personajes o situaciones, pero siempre interponiendo la obligada objetividad científica que todo historiador debiera ejercer.

No obstante, es comprensible que, respecto a etapas históricas mucho más recientes, cuyos protagonistas –tanto públicos como anónimos– están vivos en número importante, se puedan producir posicionamientos más viscerales, más pasionales. E, incluso, se quiera revisar lo que en esos momentos ocurrió, no tanto a la luz de las fuentes históricas, sino más bien a través del entramado de los recuerdos, de las ilusiones y aspiraciones de entonces, para ajustar esa revisión más o menos bienintencionada a las particulares opciones políticas del momento presente.

Aunque corro el riesgo de caer en lo que acabo de criticar, me gustaría hacer una aproximación a la Transición, primero desde la óptica de la teoría histórica y, en segundo lugar, para defender no el período, pero sí alguna de las posturas personales de muchas de las personalidades públicas o de ciudadanos de a pie que entonces tuvieron la responsabilidad de encarar unas circunstancias de enorme importancia para el futuro inmediato, es decir, la etapa que ahora llamamos La Democracia.
Acerca de la Transición hay ya una infinidad de estudios y ensayos tanto de historiadores como de politólogos (que no son lo mismo) y pretender en un artículo de periódico hacer una sinopsis de todo cuanto se ha escrito, sería un atrevimiento por mi parte, aparte de un imposible; pero cabe, tras leer a J. Tussell; Javier Jiménez Campo, R. Jiménez Asensio, M. de Aparicio o Jorge de Esteban, resaltar algunas interesantes conclusiones de estos autores. Por ejemplo, la importancia que en la crisis del sistema franquista tuvieron los cambios económicos, y consiguientemente sociales, de los años sesenta y setenta, que es una más de las formas de descomposición de los sistemas dictatoriales, con lo que nuestra Transición no sería ni tan peculiar ni tan impregnada de heroicidades de personas o partidos concienciados de la necesidad del cambio. O el evidente convencimiento de parte de las fuerzas políticas del régimen de la conveniencia de transformar desde dentro las instituciones caducas, como la única forma que tenían para asegurarse una parte del reparto del poder en el futuro inmediato. También la existencia de una serie de condicionantes que obligaron a las distintas fuerzas presentes a adoptar un compromiso y no una ruptura, como pretendía parte de la oposición: entre ellos están los resultados de las elecciones de junio de 1977, con la disgregación del voto tanto entre la derecha como en la izquierda; la existencia de una “mayoría silenciosa” fruto del apoliticismo del pueblo español del momento, que sin apoyar al régimen, tampoco lo desaprobaba claramente –yo de política no entiendo, se decía– salvo las minorías politizadas; y que el sistema franquista, aunque dañado, conservaba intacta sus capacidad de control social, cimentadas en las fuerzas armadas y el aparato represivo. Conviene recordar que Franco, como Stalin, no fue vencido, al contrario que otros dictadores (Mussolini, Hitler, Pinochet, Primo de Rivera, etc.) pues si no, hoy estaríamos hablando de ruptura y no de pacto.

Tampoco se deben exagerar las peculiaridades de la Transición, muy en la línea de presentar a la España contemporánea dotada de una historia distinta, pareja pero diferenciada de la europea (nuestras anómalas revoluciones burguesas, la extraña cadencia de nuestra industrialización, la abundancia de guerras cainitas, la persistencia del intervencionismo militar, etc.) Es J. Tussell quien en parte desmonta esta visión, pues encuadra a nuestra Transición en un contexto más amplio de transiciones a la democracia que en la segunda mitad del siglo XX afectan a Hispanoamérica y sur de Europa, sin que ello quite, es lógico, que en España adoptase el proceso ciertas características que de alguna forma lo individualizó.

Y cada vez resulta más claro que la aparición del consenso como solución, la ruptura pactada, no violenta, con el pasado fue una auténtica necesidad histórica, una especie de irremediable opción de obligado cumplimiento. Y en este ámbito sí podemos hablar de personas concretas dentro de las fuerzas políticas que propiciaron un ambiente, una peculiar forma de interpretar la actividad política que, desgraciadamente, no ha tenido continuidad en nuestros días. Personas concretas y providenciales que supieron tener visión de Estado, de la futura Historia de España y aceptaron abandonar sus intereses partidistas en un asunto tan serio como la posibilidad de traer la democracia y la descentralización a España sin traumas ni violencias. Todo el mundo sabe que el fruto más importante de aquella transacción, de aquel ceder para llegar a acuerdos, fue la actual Constitución, y esta realidad sin duda es ya memoria colectiva, aunque algunos parece que lo quieren olvidar. Por supuesto hubo otros ámbitos en los que fraguó el consenso, como el económico, los Pactos de la Moncloa y un largo etc. que configuraron a aquella España en crisis.

Personalmente echo de menos aquella forma de encarar la vida política para afrontar algunos de nuestros retos actuales, como la crisis económica o la organización definitiva de nuestra estructura como Estado.

La Transición no fue una victoria, ni mucho menos, sino una constatación de la necesidad de convivir personas de distintas ideas políticas porque nadie era capaz de “llevarse el gato al agua” en ese momento. Creo que se equivocan los que quieren revisar aquella etapa como la gran ocasión perdida para instaurar un auténtico sistema democrático, unas reformas sociales propias de sistemas más socializados y una nueva república. Se olvidan de que La Transición fue lo que podía ser, y no lo que a algunos les hubiera gustado, ahora, cuarenta años después, que hubiera sido.

En todo caso no fue la ocasión perdida, sino la oportunidad ganada que acababa con siglos, literalmente, de inestabilidad, o de estabilidad forzada, y nos abría las puertas a la concordia, a la democracia, a la libertad, a la cultura sin patrocinio ni censura, a Europa, a un mayor desarrollo económico, a la descentralización sin traumas, a los sindicatos no verticales y a una amplia lista de posibilidades que nuestros vecinos europeos disfrutaban desde hacía mucho tiempo.

Somos muchos, incluso muchos desde la izquierda, quienes no olvidamos lo que entonces había, lo que se podía hacer y la importancia que tuvo lo que se hizo y se consiguió. Y eso, también, debería ser memoria histórica.