Elegir qué carrera estudiar marca sin duda el futuro de cualquier persona, pero hay una decisión todavía más importante para determinar el oficio al que cada cual terminamos dedicados: elegir la universidad en la que estudiar esa carrera, la “alma mater” que alimentará nuestro intelecto y que, sin que seamos conscientes, dejará marcada nuestra juventud, y nos abrirá las puertas a lo que cada cual somos de adultos.

En mi caso, me apasionaba con muchas de las asignaturas que iba conociendo en el colegio, y allí fue cómo encontré, gracias a mis profesores, que lo mío eran las letras (me encantaba leer, me gustaba escribir historias) y también las matemáticas (disfrutaba resolviendo sus problemas, algo que no se me daba tan mal). Es lo que tiene adentrarse en el conocimiento de tantas cosas, que uno termina debatiéndose entre extremos tan dispares como hacerme periodista o convertirme en científico. Y quizás por aquello de que si uno logra saber el porqué de las cosas (añorado álbum de cromos de la década de 1970), siempre se puede pasar luego a elaborar los discursos necesarios para describirlas, me decidí por estudiar lo que algunos llamaban “ciencias exactas”. Y lo hice sin saber muy bien en qué consistiría, porque total, parecía que era algo que me iba a permitir ganarme la vida, para luego poder dedicarme a lo que de verdad quería: saborear la literatura, y quien sabe si en algún momento a crear alguna de las novelas o poesías que todavía quedan por escribir…

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Aquellos profesores de mi infancia me animaron también a que hiciera mis estudios en la Universidad de Salamanca, no sólo porque estaba cerca de casa (que total, si había que salir del mi tierra natal, podría elegir cualquier ciudad universitaria), sino por el prestigio que atesoran sus aulas, y el gran nivel en particular de sus estudios de matemáticas, una auténtica escuela en la que tuve el honor de formarme y el orgullo de incorporarme a ella después, como profesor universitario.

Así fue como me hice matemático… ¿matemático? Y eso ¿qué es? Pues un oficio como otro cualquiera, pero con la ventaja de poder trabajar en todos los ámbitos profesionales, porque los matemáticos nos dedicamos a resolver problemas, sean de la naturaleza que sean, con la sola ayuda de la inteligencia y la belleza que proporciona ese lenguaje, a la vez empírico, lógico y formal, que constituyen las matemáticas. Si quieren más detalles, les recomiendo que lean la “Apología de un matemático”, escrita por un genio de este oficio, como lo fue G.H. Hardy.

De tal modo que podrán encontrarse con matemáticos dedicados a muchas cosas, desde los que se ocupan de desarrollar modelos para la ciencia o la tecnología (a través de las aplicaciones prácticas de las matemáticas), hasta los dedicados a otros asuntos que al común de los mortales nos parecen abstractos o filosóficos (cuando no aparentemente inútiles), pero seguro que todos estarán creando matemáticas, por amor al arte que suponen… y porqué también es la mejor profesión del mundo, como vienen demostrando diversos informes de inserción profesional (como por ejemplo, el informe de Career Cast).

En definitiva, que los matemáticos somos a la vez científicos y humanistas, y por tanto lo que mejor nos describe es decir que somos gentes de letras. A través de este blog, que Alumni USAL me permite compartir con el mundo, trataré de convencerles de ello, jugando con el abecedario, y alguna que otra cifra…

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