¿Por qué elegiste tus estudios?
Desde muy pequeña la lectura ha sido mi gran pasión. Cuando en mis años de instituto me encontré con dos maravillosos profesores de lengua, Begoña y Rafa, y descubrí que existía una carrera dedicada específicamente a la literatura, lo tuve bastante claro.

¿Por qué decidiste estudiar en la Universidad de Salamanca?
Si soy sincera, por romanticismo de adolescente de diecisiete años: yo soy de un pueblo de Cuenca y lo normal habría sido estudiar en Ciudad Real (donde está la facultad de Filología de la UCLM), o incluso en Madrid o Valencia. Si elegí Salamanca fue porque la veía rodeada de historia, pensaba en San Juan y en fray Luis de León… Fue una decisión totalmente romántica, pero estoy muy contenta de haberla tomado y creo que fue lo mejor que pude hacer: este es mi décimo año en la ciudad y la siento como mía ya.

¿Qué destacarías de tu experiencia en la USAL?
Aunque parezca una cosa trivial, una de las mejores cosas es el entorno en el que se estudia: yo venía todos los días a la Facultad de Filología, en plena Plaza de Anaya. He vivido en varios sitios de la ciudad, pero, llegues desde donde llegues, desde San Esteban, desde la calle Compañía o desde el río, y sea la época del año que sea, esta plaza siempre aparece como un lugar lleno de encanto: con la niebla de enero, cuando empiezan a salir las rosas en mayo, cuando se ponen amarillos los árboles de la biblioteca… Es un verdadero privilegio estudiar aquí. También, por supuesto, he tenido algunos profesores muy buenos, he conocido a buenos amigos y he disfrutado mucho de las bibliotecas y sus servicios de préstamo.

¿Qué crees que te ha aportado esta universidad en tu carrera profesional?
Bueno… La carrera de Filología Hispánica, como la mayoría de las de humanidades (y como siempre nos advierten cuando decidimos escogerlas), no abre grandes puertas al mundo laboral en el sistema actual, la estudies donde la estudies (no me quejo: es lo que yo elegí). Al acabar la licenciatura, yo me decanté por la vía de la investigación y decidí realizar la tesis en la USAL. Gracias a un contrato predoctoral FPU he podido conocer los entresijos de la universidad en general y el funcionamiento real de la investigación académica: aunque en muchos sentidos pueda ser duro o decepcionante, conocerla por dentro de primera mano me ha permitido saber qué es lo que quiero y lo que no quiero, y me ha proporcionado las razones con las que justificar mi decisión respecto a dónde querría o no verme trabajando en un futuro. En resumen, la USAL me ha aportado mi formación fundamental y mi primer empleo. Supongo que es suficiente.

¿Qué ha significado para ti recibir el Premio Internacional de Investigación Literario “Ángel González”?
Ha sido una gran alegría, claro. A veces uno siente que la tesis doctoral (y la investigación universitaria en general) no tiene demasiado contacto con el mundo real, que todo el trabajo resulta un esfuerzo estéril, destinado a alimentar un circuito de difusión del conocimiento cerrado y muy reducido, cuyo único propósito es, en los peores casos (y desgraciadamente no son pocos), hacer crecer un CV de forma mecánica y poco rigurosa. Recibir el premio alivia esta mala sensación y siento mucha gratitud por ello. Económicamente, además, es una buena ayuda, teniendo en cuenta que, al finalizar el contrato predoctoral (que cubre los años de tesis), te encuentras de nuevo como al finalizar la carrera: sin estabilidad ni certidumbre laboral alguna.

¿Cómo valoras la iniciativa de otorgar este tipo de premios?
Como digo, me parece muy positivo que la investigación académica que se lleva a cabo en la universidad salga de este ámbito tan estrecho y se reconecte con el público general. Premios como este ayudan a ello, puesto que el formato de artículo especializado o de tesis doctoral se sustituye por un modelo más ensayístico, más accesible al lector no especializado y que se difunde en editoriales de proyección más amplia, pero manteniendo siempre un alto nivel de exigencia en cuanto a solvencia y rigor científico. En el fondo, creo que el único futuro de la investigación en humanidades es ese: el de abandonar el narcisismo académico y volver al sentido original de universitas (universalismo, totalidad, colectividad), más allá de competiciones insanas, egos y baremos imposibles o arbitrarios.