Los centros de datos contienen los libros electrónicos. También están allí los periódicos digitales, las revistas científicas y las no científicas. Y las películas y los vídeos que llenan nuestro día. Allí están nuestros datos bancarios y los que utiliza hacienda. Y la predicción del tiempo. Y los boletines oficiales del estado. Y nuestros correos electrónicos. E infinitos juegos y aún más mensajes. Y fotos casi de cualquiera y de cualquier cosa. Y casi toda la música. Y programas informáticos para la gestión de esos contenidos…

Todo sin que en el interior de esos centros de datos se vean ni libros ni periódicos ni revistas ni películas. Porque lo que hay en los centros de datos no es papel ni celuloide. A la vista solo cajones de los que salen algunos cables. Esos cajones se llaman servidores. Dentro de ellos están los datos y los programas para gestionarlos. Los datos son sucesiones de dos valores de una magnitud que no se percibe con los ojos, que no se ve. Solemos llamar a esos valores ceros y unos.

Información es la interpretación que de las sucesiones de ceros y unos hacen los programas dedicados a ello. Esa interpretación aparece como escritura y como imágenes en las pantallas de nuestros ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, y como sonidos que acompañan a esas imágenes.

Los centros de datos suelen ser edificios amorfos, desconocidos y sin nombre. Carecen de belleza que se aprecie con los ojos. A los centros de datos no se va. En los centros de datos no se está. Sí se va a las bibliotecas a buscar libros. También a estar en ellas, a leer. Por eso las bibliotecas eran, son agradables para estar y agradables a la vista. Se construían para atraer. También para mostrar la importancia de su contenido. Por él, por su contenido, algunas bibliotecas fueron y son famosas: la de Alejandría, la de la universidad Salamanca, la de la universidad de Coimbra… No creo que haya nunca centros de datos tan conocidos.

Pero los centros de datos nos lo ofrecen todo. Lo de las bibliotecas y mucho más. Disponemos de toda la información en casa tendidos en el sofá o mientras desayunamos; en la oficina, en el aula, en el coche, en el tren, en el campo…; casi en cualquier sitio. Y podemos saber de casi todo y casi al instante. No importa de dónde nos llega, de qué centro de datos, de qué parte del mundo. Por eso hemos creado otro concepto nuevo, ‘la nube’. Un concepto ambiguo, indeterminado a pesar del artículo ‘la’. De ella, de ‘la nube’, procede la información que obtenemos por Internet.

Para que dispongamos de cada libro, de cada vídeo, de cada canción al instante, los servidores, cada servidor ha de estar permanentemente en disposición de ofrecer cualquier parte de su información. Por eso la energía eléctrica, que es la que utilizan, no debe faltarles. Si ocurre, si se corta el suministro de esa energía, se corta la información que ofrecen. En nuestro ordenador entonces la llegada de lo que buscamos se paraliza, se corta. Algo insoportable ya. Para que no ocurra, los centros de datos se diseñan de forma que cada servidor disponga de, al menos, tres fuentes alternativas de suministro de energía eléctrica. La habitual es la red eléctrica ordinaria. Si falla, automáticamente un equipo de generadores independientes se encarga de entregar la energía necesaria. El paso de la red eléctrica a esta otra fuente está asegurado por un conjunto de baterías, que es también otro tercer sistema de reserva para entregar energía en pequeños periodos de tiempo.

En los centros de datos la temperatura no debe ser alta para que todo funcione adecuadamente. Eso exige evacuar, sacar de inmediato fuera del recinto toda la energía que se le entrega. Casi siempre ha de hacerse de manera forzada, por medio de más energía. Por eso los países del norte, los países fríos, son buenos candidatos para situar en ellos los centros de datos. Allí, con un buen diseño, puede conseguirse que el calor salga solo, que la temperatura se mantenga baja a pesar del calentamiento que originan los servidores. Se ahorra así la energía que habría que invertir en expulsar la que se acumula en el interior.

Como en las bibliotecas y en los archivos tradicionales, en los centros de datos la información está. Pero puede no ser consultada. Puede no ser solicitada nunca o muy poco. En la biblioteca general de nuestra universidad o en el archivo de Simancas hay libros y legajos que no los ojea nadie. Pueden pasar años, a veces siglos, sin que sean solicitados. En los servidores ocurre igual. Algunos llevan tiempo sin ser consultados. Siglos no todavía, pero años ya sí. A pesar de ello, la información ha de mantenerse y estar en disposición de ser automáticamente obtenida cuando se demande.

La información a guardar es ahora más abundante que nunca y crece más que nunca. La creamos casi todos sin parar. Por eso hay que construir centros de datos. Como Associate Director de una empresa que se dedica a ello, Margarita lo hace. Con el resto de su equipo ahora diseña y dirige la construcción de un centro de datos en Alemania, dos en el Reino Unido y otro en Holanda. Además estudian de continuo la viabilidad de futuros centros en Europa, y analizan e implementan constantemente nuevas tecnologías para mejorarlos.

Margarita es ingeniera industrial y doctora por la Universidad de Salamanca. Cursó sus estudios en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería Industrial de Béjar. Este artículo es consecuencia de una conversación con ella. Está escrito para comentar sobre los centros de datos, imprescindibles ya para casi todo, y para mostrar dimensiones menos visibles de antiguos alumnos de la universidad de Salamanca.

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