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En noviembre de 1992 nos visitaron Iris Murdoch y su marido, el también escritor John Bayley para dar unas charlas a los estudiantes de Filología Inglesa. Entonces nada hacía prever que un par de años más tarde esta gran novelista irlandesa, galardonada con numerosos títulos honoríficos (entre ellos la Orden del Imperio Británico), ganadora del Premio Booker y propuesta varias veces para el Nobel de Literatura, iba a iniciar una progresiva caída hacia ese túnel tenebroso que acaba por estrangular todo atisbo de entendimiento, hacia esa maldición de nuestro tiempo llamada enfermedad de Alzheimer.

Desde el Departamento de Filología Inglesa organizamos lo que podría llamarse “una conferencia al alimón”. En efecto, los alumnos asistieron en el Aula Magna del Palacio de Anaya a una brillante y doble intervención. Marido y mujer dialogaron sobre los temas políticos reflejados en las novelas de Murdoch (Bajo la red, El mar, el mar, premiada con el Premio Booker en 1978, El unicornio, El castillo de arena, La campana, o la última, El dilema de Jackson) abordaron temas tan interesantes como el Tratado de Maastrich (entonces en el candelero), acerca del cual la escritora era más bien escéptica, dado que “el proceso va demasiado rápido y estamos expuestos a someternos a unas reglas y exigencias difíciles de aceptar”, e intercambiaron opiniones –no siempre coincidentes—en torno a la filosofía, la creación literaria, el papel social de la literatura y el compromiso de sus novelas. “Personalmente –afirmó—no tengo nada en contra de que un escritor adopte posturas políticas… De todos modos, creo que ahora soy más sensata que cuando tenía veinte años y era militante comunista… Creo que la literatura que se hizo en la Unión Soviética era pura propaganda”. Iris escribió también abundante poesía, varias obras teatrales y ensayos filosóficos. Sus novelas se tradujeron a 26 idiomas.

Los viajes que realizó por la Europa del Este, nos dijo, le sirvieron para cambiar de opinión en cuanto al comunismo y orientar su ideología hacia las tesis del partido laborista. Cuando visitaron Salamanca, John Bayley acababa de ser designado para formar parte de un importante jurado literario en Rusia. El galardón era, por lo visto, muy prestigioso. John reconocía que la necesidad de ganar dinero obligaba a muchos escritores rusos a participar en todos los concursos y premios que se convocaran.

Iris Murdoch señaló en Salamanca que la filosofía y la novela son cosas diferentes, al menos en el conjunto de su obra, y que el matrimonio con John Bayley –también autor de novelas, relatos cortos y poesía—era fundamental para su trabajo, puesto que él era su mejor ayudante y amigo. “El hecho de estar casados dos escritores no nos supone ningún problema… La obra literaria de John y la mía son diferentes”. Tras la conferencia, y en el ambiente más distendido de un agradable almuerzo, me confesó que su personalidad literaria había quedado configurada tras la Segunda Guerra Mundial, después de visitar los campos de refugiados en Austria. También la estancia en la India había marcado su sensibilidad poética: “Cuando estuve en la India tuve la sensación de haber estado allí ya en una vida anterior”.

En 1998, con la mente de Iris Murdoch en los sumideros más turbios de la inconsciencia, John Bayley, siempre a su lado, escribió un libro tremendamente emotivo: Iris, A Memoir (Elegía a Iris, Alianza). Es un alegato dramático sobre los efectos destructores de Alzheimer y a la vez una entrañable historia del amor que los mantuvo unidos cuatro décadas. Con sereno desgarro unas veces, con rabia e impotencia otras, da cuenta de la tragedia devastadora que asoló la mente de la escritora. Es todo un entrañable homenaje, una ofrenda plena de ternura, a la memoria de la mujer amada, a cuyos cuidados consagró John Bayley innumerables días e interminables noches hasta que, por fin, se consumó el largo viaje.

El libro sirvió de base para una película ganadora de Oscar. John Bayley, nombrado también Comendador de la Orden del Imperio Británico, murió en enero de 2015 en Lanzarote.

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