Foto: Allan Warren

A mediados de los años ochenta vino a dar una conferencia al Departamento de Filología Inglesa James Baldwin. Baldwin había estado una o dos veces antes en España, pero nunca en Salamanca. Creo recordar que aprovechamos la ocasión de su presencia en Madrid a donde había acudido para presentar uno de sus libros, recién traducido y publicado por una prestigiosa editorial española.

Nacido en Harlem, Nueva York, nieto de esclavo e hijo de predicador de la Iglesia Bautista, fue el mayor de nueve hermanos. Él mismo ejerció también como predicador durante tres años, antes de dedicarse de lleno a la literatura. Muy pronto afloró su espíritu de rebelión y protesta ante las injusticias de la población negra y rápidamente se dio a conocer como defensor de los derechos civiles. A través de sus obras fue portavoz intelectual de los negros norteamericanos. Gran admirador de Henry James y D.H. Lawrence, sus preferencias se inclinaban por Richard Wright, con quien polemizó a propósito del compromiso social de la literatura. En sus obras son temas recurrentes los marginados, tanto si son blancos, negros, varones, mujeres, homosexuales –la homosexualidad estará subyacente en toda su obra– o heterosexuales.

Novelas como Ve y dilo en la montaña, Otro país, La habitación de Giovanni, Sobre mi cabeza, o la tragedia social Blues para Míster Charlie, además de múltiples ensayos (Nadie sabe mi nombre, La próxima vez el fuego y Al encuentro del hombre, entre otros), son referentes obligados en la amplia bibliografía de Baldwin, uno de los escritores de color más importantes del siglo XX en Estados Unidos.

A título de mera curiosidad señalemos que Another Country sufrió los efectos de la censura en Australia. Según consta en los Archivos Nacionales de Canberra que no hace mucho tuve la oportunidad de visitar, el Comité de Censura Literaria (Literature Censorhip Board) prohibió la importación de este libro el mismo año de su publicación (1962). Posteriormente la medida fue suavizada, permitiéndose su lectura solamente a “the serious minded student or reader”. Finalmente, el 1966 la novela quedó libre para circular sin restricciones, a pesar de algún informe en el que el censor hacía hincapié en “the general writing so extremely coarse” de la obra de Baldwin. En España, que yo sepa, nunca tuvo esos problemas.

Persona afable, divertida, conversador ameno, con un gran sentido de la ironía, disfrutó de una inolvidable velada en una bodega del Barrio Garrido, donde en compañía de un grupo de estudiantes y algunos profesores de Filología Inglesa compartió mesa (sin mantel) y abundancia de sardinas, ensalada, pollo asado y profusión de jarras de vino. Reconoció que nunca se había encontrado en un ambiente semejante, en un clima eminentemente estudiantil y jacarandoso, donde él era, simplemente, uno más participando de lleno en una fiesta que, como era usual en tales ocasiones, se prolongó hasta bien avanzada la noche.

James Baldwin murió tres años más tarde en su casa del sur de Francia, a la edad de 63 años. El recuerdo de Salamanca estuvo a flor de piel, a juzgar por las noticias que de cuando en cuando recibíamos y por las respuestas que amablemente enviaba a aquellos alumnos que se interesaban por su obra de cara a tesinas u otros trabajos de investigación llevados a buen término con su inestimable y generosa ayuda.

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