Una mañana de noviembre de 1976 llegó a la casa de mis padres de Béjar una carta del Ministerio de Educación y Ciencia que confirmaba que me habían concedido una beca que me permitía matricularme en la Universidad de Salamanca. La había pedido en la primavera, con la ayuda de un amigo cura, pero dado lo avanzada de la fecha ya había perdido la esperanza de que alguna vez llegara la respuesta.

Llamé a una amiga que disponía de un Citroën Dos Caballos amarillo y con ella, su novio y mi madre nos fuimos los cuatro por la tarde a Salamanca. En el camino, fui revisando un libro de tapas, también amarillas, que por entonces circulaba, en el que se especificaban las carreras disponibles en todas las universidades y las asignaturas que se daban en cada curso. No tenía claro qué estudios iniciar. Dudaba entre Psicología, Geografía e Historia o Filología. Después de repasar lo que se impartía en cada una de ellas, llegando a Salamanca había decidido que sería Filología. En realidad yo querría haber hecho Periodismo, que no había entonces en Salamanca sino en Madrid, pero se sabía que el ministerio en aquellos años no concedía traslados de expedientes si eras un becado, así que hubo de ser Filología. Por fortuna para mí, visto lo que han dado de sí la vida y los oficios después.

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Con mi madre me dirigí a la entonces Facultad de Filosofía y Letras, en el Palacio de Anaya. Serían las seis pasadas de la tarde, por la luz que recuerdo. En el claustro bajo estaban las oficinas de administración, donde al abrir la puerta encontré un mostrador y tras él quizá media docena de mujeres, cada una a lo suyo. Una de ellas me atendió a lo que le expliqué y con la carta del ministerio en la mano consultó con alguna otra, quienes finalmente se dirigieron a la que parecía no solo mayor que ellas, sino también la jefa. Con las gafas en la punta de la nariz se me acercó y me dijo que era imposible hacer la matrícula, porque estábamos ya a no sé cuántos de noviembre y el plazo se había cerrado el 31 de octubre. Las otras mujeres, en corro detrás y a alguna distancia, hacían gestos de desaprobación ante mi desolación y los argumentos de mi madre, que no eran escuchados. En esto apareció por allí un señor alto al que rápidamente una de aquellas buenas mujeres se encaminó presurosa y debió de ponerle al tanto de lo que ocurría. Entonces el señor alto se acercó y preguntó cuál era el problema, volviendo la interrogada sobre el plazo cerrado de la matrícula. Sin inmutarse, el señor alto dejó sobre la mesa la carta del ministerio que estaba verificando y dijo: “No pasa nada, pongan que la matrícula se ha hecho el 31 de octubre”. Y se fue. La señora jefa se alejó hacia su mesa y una de aquellas samaritanas me tramitó la matrícula. A la semana siguiente acudí a mi primera clase, en la Hospedería. Aquel ángel de la guarda, que durante cinco minutos tuvo en sus manos el destino de mi vida y con un solo gesto hizo posible que hoy yo esté donde estoy, con el que nunca más crucé una palabra pero al que nunca he olvidado y tengo en mi corazoncito, era el decano y se llamaba Javier Coy.

Un hombre bueno.

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