Hace unos meses me ofrecían iniciar un programa de economía en Radio Universidad de Salamanca, a lo que accedí muy satisfecha, ya que había disfrutado haciendo algo similar unos años atrás. Ya entonces entendí que el elemento fundamental para arrancar un programa radiofónico con ilusión era ponerle un nombre atractivo. Exactamente lo mismo que haría cualquier emprendedor que decidiera poner en marcha un nuevo proyecto. Barajé varias opciones pero pronto entendí que el nombre debía ser “Kakebo”, un método de ahorro japonés, muy extendido en el país nipón y en algunos ámbitos geográficos pero que no ha sido muy utilizado en España. Un método que sin embargo comienza a ponerse de moda al buscar nuevas herramientas de educación e inclusión financiera, y en un mundo cada vez más global, donde nos vamos abriendo cada día más a aportaciones ajenas a nuestra propia cultura.

Adopté el nombre de Kakebo porque se asocia a los tres objetivos que son ya parte de la cultura y de la esencia de nuestro país propio, a pesar de las diferencias culturales y empresariales con Japón:

• Incentivar el emprendimiento;
• Fomentar la educación financiera;
• Y, por último, pero no por ello menos importante, contribuir al empoderamiento de la mujer

Estos tres nobles fines se encontraban también inmersos dentro del método de ahorro japonés, que bajo el nombre de Kakebo, inventó la primer mujer periodista japonesa, Hani Motoko, a principios del siglo XX (se data en torno a 1904). Con este método, muy sencillo, ayudó, y sigue ayudando en la actualidad, a las mujeres japonesas a gestionar su economía familiar. No se trató en ningún momento de un sistema que aportase nuevos ingresos a las familias, si no que ayudaba a maximizar la eficiencia en el uso de los recursos con los que contaba la unidad familiar. En palabras de la propia Motoko, se trataba de “ahorrar sabiamente”, determinar cuánto quieres ahorrar en un mes, cómo puedes hacerlo, y decidir cómo quieres que las finanzas del mes siguiente mejoren respecto al actual.

Este sistema comenzó siendo muy rudimentario. Solo era preciso saber leer, escribir, sumar y restar. Las operaciones básicas con las que en principio podría contar una proporción razonable de las mujeres japonesas de principios de siglo. Aunque el método sugiere utilizar dos libretas, una más pequeña, que llevamos siempre con nosotros y en la que vamos apuntando los gastos diarios, y otra más grande donde apuntar los ingresos y los gastos fijos y trasladar los gastos diarios al final del día, lo cierto es que con una sería también suficiente.

Con estas dos libretas lo que se realiza es un estricto, muy estricto, control de los gastos de la familia. Asumiendo que los ingresos son los que son, la familia, en este caso representada por el ama de casa japonesa, va registrando minuciosamente cada moneda que entra en la casa y cada moneda que sale. Las monedas que entran pasan a ser reflejadas en la libreta grande y las monedas que salen se recogen en la libreta pequeña, pero no sin antes haber sido objeto de una profunda reflexión.

Nos expresamos en estos términos porque este sistema de ahorro establece que antes de realizar cualquier gasto valoremos muy estrictamente la necesidad que tenemos de realizarlo. ¿Lo necesitamos? ¿Es un capricho? ¿Tengo presupuesto suficiente? ¿Si estuviese de un humor diferente lo seguiría queriendo? Dentro de una mentalidad que en ese momento tendía al minimalismo en sus necesidades vitales, el ama de casa japonesa que estuviese pensando en comprar harina, tendría que responder a varias preguntas: así decidirá si realmente la necesita, o puede sustituirla por algún producto que ya tenga en casa, cuándo y en qué cantidad la va a necesitar, qué opciones existen de adquirirla a un precio más barato. Solo cuando esta reflexión justifique la estricta necesidad de adquirir el bien, se procederá a la compra. En caso contrario, la compra se aplaza. ¿Hasta cuándo? Pues sencillamente hasta que la harina sea un bien imprescindible para la familia, o hasta que el precio de la harina sea inferior, gracias a algún tipo de oferta o rebaja.

Una vez se realicen los gastos de cada día, estos deben ser contabilizados en el cuaderno pequeño sin tardanza, estableciendo categorías de productos (alimentación, ropa, transporte, higiene, material escolar, luz, agua y otros suministros, ocio, extras,..). Al final del día se hará un recorrido por todos los gastos realizados, se calculará el saldo final y se decidirá si alguna compra no era necesaria para evitarla en otra ocasión. Al final de la semana, se volverá a hacer este repaso, y también a final de mes, y en ambas situaciones se calcularán los totales de cada categoría de producto. Una vez conocidos los totales de cada partida, tendremos un mapa de los gastos incurridos en cada gama de productos y sabremos en qué partidas estamos incurriendo en mayor gasto superfluo, en cuáles somos más o menos eficientes en nuestro consumo y sobre todo identificaremos en qué áreas es más fácil ahorrar.

No obstante, queremos añadir algunas indicaciones en las que Hani Motoko no pudo insistir tanto, concentrada como estaba en enseñar a ahorrar a una población femenina acosada por altos niveles de pobreza. Estamos hablando del nivel de ahorro que cada uno de nosotros desea obtener, en función de nuestros ingresos, de nuestro nivel de vida y sobretodo del nivel de ahorro al que aspire y la finalidad a la que vaya destinada este ahorro (que debería darnos una utilidad mayor que el sacrificio del ahorro en el que hemos incurrido).

Lógicamente esa es una decisión personal, que llevará a que cada uno de nosotros establezca un nivel de ahorro objetivo diferente. Pero el punto de partida es el mismo, tener toda la información necesaria sobre nuestras finanzas, y sobre todo nuestros gastos diarios, para poner tomar las decisiones financieras en condiciones óptimas.

Lógicamente, muchos de los lectores estaréis constatando que utilizáis métodos similares, o que ya apuntáis vuestros gastos en formatos más sofisticados, aunque sea una hoja de cálculo o distintas apps de presupuesto doméstico disponibles. Con mayor o menor soporte de la tecnología, el concepto de control del gasto es el mismo. Llevamos por tanto a nuestros hogares, el control que una empresa debe llevar de sus finanzas y su control de costes.

Y lo más relevante. Al final del día, la pregunta que deberíamos hacernos es ¿cuál es la mayor dificultad para poner en práctica con éxito nuestro Kakebo? Sin duda, la respuesta es clara. La mayor dificultad reside en nuestra capacidad de sacrificio y nuestra fuerza de voluntad para renunciar a aquellos productos que Kakebo nos dice que son superfluos o innecesarios.

Este fue el mensaje que llegó a las mujeres japonesas en un intento por mejorar su educación y favorecer su inclusión financiera, dándole además nuevos recursos para su empoderamiento; tanto en términos de la independencia que da el conocer tus finanzas y poder actuar sobre ellas, como en términos de mayor nivel de ahorro que así conseguían, renunciando a pequeños productos y a veces caprichos innecesarios, que a cambio le abría otras posibilidades y el cumplimiento de objetivos más o menos importantes para su economía familiar.

Esperemos que este método, Kakebo, que habla de finanzas, de empoderamiento y de sabiduría, os haya conquistado. En este difícil 2020, ya en la era post-covid, sin duda es deseo de todos que sepamos ahorrar sabiamente y salir cuanto antes de esta crisis.