Después de haber leído a lo largo de este pasado curso académico aproximadamente unas dos mil quinientas páginas de bibliografía seleccionada, pasadas unas cien horas de “tocar papel” (como decía mi recordado y querido profesor de Paleografía, José Carlos Rueda) en el Archivo Histórico, y perdida poco a poco primero y totalmente al final, la ilusión inicial de llegar a doctorarme en Historia, como culminación lógica de mis recientes estudios de Grado y Máster, lamento comunicar a todo aquel que me conoce, que… abandono mi Tesis. Las paredes de mi Facultad, no acogerán un Vítor con mi nombre, aunque francamente estaría diver y me hacía ilusión, mas por mis nietos que por mi propio ego.

Lo que más me duele es, que esta es la primera vez en mi ya larga vida que tiro la toalla ante un proyecto o desafío personal. En esta ocasión no me vence la dificultad, ni mucho menos, puedo con esto y con mucho más, simplemente me vence… la SOLEDAD pues nunca tuve vocación de ermitaño.

Deseo que estas pocas líneas sirvan de reflexión a navegantes y, por que no, de llamada de atención a las supremas autoridades académicas de nuestra querida USAL, si alguna tiene a bien el perder su preciado tiempo leyendo los blogs de la Web de Alumni que acoge estas líneas.

El hecho de que yo sea un estudiante atípico no resta valor a mi testimonio, pues comentado con otros jóvenes compañeros, e incluso con mi Tutor y otros profesores de la Facultad, todos coinciden con mis sentimientos y apreciaciones y al menos entienden mi decisión: el doctorado es un valle de lágrimas, sufrimiento y sobre todo… soledad, tremenda soledad, cuando debiera ser una etapa madura y gozosa de una decisión personal de perfeccionamiento intelectual, independientemente del fin último que se persiga, en la mayoría de los casos –no en todos–  un must, un caro portazgo en tiempo y dinero de al menos tres años de la vida y varios miles de euros que, sí o sí, todo aquel que desee dedicar su vida profesional a la investigación o a la enseñanza universitaria debe pagar, lo cual claramente no es mi caso.

Atrás quedaron los años de clases, de trabajos boloñeses en grupo o individuales, el disfrute de aquellas asignaturas que no solo nos gustaban, sino que sus profesores (gracias a Dios todavía quedan excelentes docentes profesionales que disfrutan con su trabajo) hacían que nos entusiasmásemos con ellas, siempre buscando más y más detrás de su recortado temario que cubría los tradicionales 6 Créditos ECTS reglamentarios y sus limitadas horas presenciales cuatrimestrales, siempre rapidito, rapidito que hay que acabar el Temario.

También atrás, mucho más atrás, quedan las horas de charla, cervezas o cafés con el grupo de compañeros más afines, y por ello más amigos, en la cafetería de la Facultad, o en alguno de los bares cercanos: Don Quijote, Mandala, Los 4 Gatos etc. hablando de lo divino y de lo humano en las que yo, de vuelta de casi todo en la vida, aprendí mucho de mis jóvenes compañeros.

Llegó el fin del Grado, y con él la diáspora geográfica en la búsqueda del Máster que mejor se ajustaba a las inquietudes de cada cual, dado lo genérico del UNICO (aunque debo confesar que bueno) ofrecido por la USAL. En la Facultad nos quedamos un reducido grupo de nuestra Promoción 2011-2015, pero nos vimos compensados por la llegada de nuevos compañeros de lejanas Universidades, que nos aportaron frescura y otras visiones enriquecedoras. También fue un buen año, y a través de “Caralibro” nos mantuvimos en contacto e informados de lo que hacía cada cual.

Pasó el verano y algunos (pocos, contados con los dedos de la mano) arrancamos con ilusión nuestro primer año de doctorado, encontrándonos al poco tiempo con el SSD, el Síndrome de Soledad del Doctorando, tema que propongo para una bonita Tesis de algún atrevido de la Facultad de Psicología.

Algún día, cansado de estar solo en casa con libros y apuntes, que me cuentan mucho pero no me hablan, me daba una vuelta por la Facultad. Todo caras nuevas entre los alumnos –lógico–, pero al menos queda algún profesor, como Nacho el Vicedecano, con el que seguir compartiendo un rato de charla y cigarrito en la puerta. Te encuentras a otros profesores amigos por los pasillos que te saludan con un cariñoso Hola Enrique, me alegro de verte, seguido del perdona, pero no tengo tiempo que les genera la saturación de trabajo y horas docentes impuestas por los mandamases de arriba, esos mismos que consideran la Universidad como un profit centre, o una máquina de fabricar titulados, más que un espacio de intercambio de conocimiento y saber en el que la rentabilidad, superávits, ratios y demás zarandajas econométricas deberían ser asuntos importantes pero secundarios, pero se convierten en prioritarios para aquellos mezquinos tórculos escolásticos, puestos siempre villanamente al servicio de las granjerías de sus temporales señores, ignorantes las mas veces, parafraseando vilmente al autor de la Laudatio introductora a mi primera novela publicada.  

Piensas ingenuamente: “en la Biblioteca seguro que está fulanito o menganita”, compañeros de doctorado, pero… no, no están. Los llamas y te enteras que como no han conseguido ninguna beca o apoyo, trabajan de camarero o dependienta a tiempo parcial para costearse el doctorado, y claro, no tienen ni tiempo ni ganas de charleta.

Algún otro día, me acercaba al frio y fastuoso edificio “I+D+i” donde se ubica la Escuela de Doctorado. Allí no había nada de lo que yo iba buscando, solo muchos metros cúbicos de espacio inútil, por lo que después de la tercera visita lo taché de mi lista.

Es lamentable que en el siglo XXI, los Programas de Doctorado sean tan simplones como antaño. Estamos de acuerdo en que no deja de ser una labor y un trabajo individual, pero debería estar complementado con actividades, seminarios, encuentros, y enseñanzas complementarias en Metodología, algo tan necesario como ausente de los planes de estudio boloñeses y sustituida a coste cero patatero por el búscate la vida.  A mayores, que dicen en los pueblos, si se dedicasen algunos de los metros cúbicos inútiles de tan fastuoso edificio en crear un acogedor espacio (con cafetería de verdad, por favor, no con más frías maquinas expendedoras) que se podría llamar El Rincón del Doctorando, punto de encuentro donde compartir lágrimas y disgustos, se amortiguaría bastante el mencionado Síndrome SSD.

En fin, solo me falta decir que lo que llevo trabajado y recopilado para mi Tesis Doctoral ha quedado debidamente guardado en mi despacho, clasificado en archivadores A-Z y en un pen específico de tropecientos gigas. Quizás algún día, cuando sea mayor, la retome y acabe, siempre que me resulte no un suplicio, sino algo realmente placentero.

De momento, cubriré mis inquietudes intelectuales terminado algunos trabajillos interesantes que tengo iniciados e iniciando otros, si es que me queda tiempo con mi próximo desafío personal, porque informo a los lectores de este manifiesto vital, que me he matriculado para este curso especial del glorioso Octavo Centenario, en el Grado en Sociología, materia que espero complemente a la Historia en la difícil tarea de intentar entender al ser humano.

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