En “Salamanca, dieciséis claves”, nos recuerda el catedrático Luis Cortés Vázquez algunas similitudes con la ciudad eterna que justifican, según él, que Salamanca sea conocida como Roma la chica. Así como Roma está rodeada de colinas: Aventino, Capitolio, Celio, Esquilino, Palatino, Quirinal y Vaticano;  Salamanca lo está de cerros y tesos: Cerro de San Cristóbal, de San Isidro, de San Vicente, teso de la feria, teso de la Chinchibarra… y en las proximidades de Salamanca, hay dos cerros aislados en la llanura, a los que se denomina con el topónimo de Arapiles.

El cerro de San Vicente sobre el río Tormes y todas sus inmediaciones, fue la zona que más sufrió los destrozos de la guerra de la independencia en la que Salamanca perdió una cuarta parte de su patrimonio monumental según Luis Cortés. Y además perdió su silueta, su “skyline”, del que desaparecieron muchas cúpulas y torres que había, como se aprecia en la foto de un aguafuerte cedida por “Pontes Maps” Madrid, que reproducimos en el encabezamiento.

Pedro Antonio de Alarcón en “Dos días en Salamanca” y refiriéndose a franceses e ingleses durante la guerra de la independencia y también a los derribos posteriores en nombre del progreso (escribe esto en 1878), afirma que se destruyeron dos terceras partes de los edificios monumentales de Salamanca.

No había terminado aun la Guerra Anglo-española (1804-1809), cuando comienza la Guerra de la Independencia. España se ve obligada, sin haber firmado aún la paz con Inglaterra a solicitar su ayuda frente a Napoleón. En la tarde del 13 de noviembre de 1808 entra en Salamanca la fuerza expedicionaria inglesa con el General Sir John Moore al frente. Llegaron cerca de 1000 soldados diarios, hasta completar un total de 20.000 casacas rojas. Podemos imaginar cual fue el comportamiento de un ejército de soldados ingleses reclutados en los bajos fondos. Pasaron parte del otoño en Salamanca y después huyeron hacia la Coruña haciendo estragos en los pueblos por los que pasaron. Llegaron enfermos y hambrientos a la Coruña, ciudad en la que Sir John Moore está enterrado.

El 16 de enero de 1809 entran en Salamanca los dragones imperiales al mando del General francés Montpetit. Se mandó construir tres fortines en los Conventos de San Vicente, la Merced y San Cayetano, ordenando despejar y derribar casas y edificios cercanos como los Conventos de Santa Ana, de la Penitencia y de San Agustín y dañando los de la Vega, Mostenses, San Jerónimo, Guadalupe, San Francisco el Grande, Calatrava, y clérigos menores de San Carlos.

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Cerro de San Vicente en la actualidad

En febrero de 1811, llega  el nuevo Gobernador nombrado por el Mariscal Massena: el barón Thiebault, que se instala en el Palacio de Anaya. Manda demoler las casas lindantes con la Catedral para mejorar su visión de la plaza de Anaya..

Al año siguiente hay nuevas obras de fortificación y se mandan demoler el Hospicio, el colegio de los Ángeles, de San Patricio, el militar de San Juan, el de San Pelayo, el del Rey, Trilingüe, los Colegios Mayores de Cuenca y de Oviedo y los restos del Alcázar.

Mesonero Romanos, en “Memorias de un setentón” escrito también en 1878, nos cuenta el viaje que hizo siendo niño,  de Madrid a Salamanca, ya libre de la ocupación francesa en 1813. Va con su padre que era salmantino y tenía propiedades cerca de los Arapiles. El viaje en carro duraba entonces cinco días y según nos cuenta, en 1878 ya “sólo” se tardaban 10 horas en ferrocarril. Así relata la última jornada : “y luego que hubimos llegado a Ventosa y Huerta, pueblos más cercanos, todo se le volvía enristrar el catalejo para ver si alcanzaba a descubrir alguna de las torres que él tenía impresas en la imaginación; pero a medida que íbamos acercándonos se iba también anublando su semblante, y lanzaba suspiros y exclamaciones, porque echaba de menos muchas de ellas, que habían desaparecido en los horrores de la guerra. Llegamos al fin a Salamanca, sanos y salvos en la tarde de la jornada quinta, y luego que aquella noche, fue su primer cuidado a la mañana siguiente marchar con toda la familia a recorrer los barrios extremos, señaladamente los que dan al río Tormes y que ofrecían un inmenso montón de ruinas, una absoluta y espantosa soledad.

La ciudad de Salamanca y su puente a su vista, mi buen padre, bañado en lágrimas el rostro y con la voz ahogada por la más profunda pena, nos hacía engolfar por aquellas sombrías encrucijadas, encaramarnos a aquellas peligrosas ruinas, indicándonos la situación y los restos de los monumentales edificios que representaban. -«Aquí, nos decía , era el magnífico monasterio de San Vicente; aquí el de San Cayetano; allá los de San Agustín, la Merced, la Penitencia y San Francisco; estos fueron los espléndidos colegios mayores de Cuenca, Oviedo, Trilingüe y Militar del Rey. -Aquí estaba el Hospicio, la casa Galera, y por aquí cruzaban las calles Larga, de los Ángeles, de Santa Ana, de la Esgrima, de la Sierpe, y otras que habían desaparecido del todo. -Tanta desolación hacía estremecer al buen patricio, y su llanto y sus gemidos nos obligaban a nosotros a gemir y a llorar también. La verdad es que esta antiquísima, y monumental ciudad había sucumbido casi en su mitad, como si un inmenso terremoto, semejante al de Lisboa a mediados del pasado siglo, la hubiese querido borrar del mapa. El sitio puesto por los ingleses antes de la batalla de los Arapiles; la toma de los monasterios fortificados de San Vicente y de San Cayetano, y el incendio del polvorín y la feroz revancha tomada por los franceses la noche de San Eugenio, 15 de Noviembre, a su vuelta a la ciudad, fueron sucesos ocasionales de tanta ruina, y que no se borrarán jamás de la memoria de los salmantinos.”

En efecto, tras la batalla de los Arapiles, que fue en julio de 1812, en la noche de San Eugenio ya en noviembre, volvieron a cruzar tropas francesas por Salamanca con ánimo de venganza y saqueo.  Destruyeron 27 edificios públicos y más de 1000 casas. Se ha dicho que amputaron muchas imágenes, como la del escudo del arzobispo Fonseca en la Casa de las Muertes, al que falta la nariz.

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