En 1932, el escritor alemán, Bertolt Brecht subrayaba el carácter comunicativo de la radio y aventuraba que el nuevo medio podría ser el más maravilloso aparato de comunicación si supiera, no solo hacer escuchar a la gente, sino también hacerla hablar; no aislar a su público sino, por el contrario, relacionarlo entre sí.

Más tarde, McLuhan calificó la radio como un medio caliente, íntimo y creíble; y explicó que era así gracias a ese carácter dialógico que había apuntado Brecht, a su virtualidad para el diálogo y la discusión.

Lo cierto es que, mucho antes, Platón había manifestado en ‘Diálogos’ su disgusto con el nuevo invento del libro, una entidad no interactiva —decía— con la que no se puede discutir. Muerto tres siglos antes de Cristo, el filósofo griego echaba en falta sin saberlo un medio como la radio. Y, analizando las carencias del libro, definió y se anticipó a su nacimiento. No le faltaba razón al alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles: el libro no sabía o no podía responder. Platón estaba pidiendo a gritos algo parecido a la radio, y así, el primer paso de los pioneros radiofonistas fue dirigirse a la gente, llegar a sus casas, enviarles mensajes, informaciones, músicas y anuncios. Pero, aún restaba hacerles escuchar, que no es lo mismo que oír; como también acertar con la manera de que, quienes nos oyen (y escuchan), además nos hablen; y, por último, que quienes nos oyen, escuchan y hablan, puedan además dialogar entre sí. En suma, el público hablándose e intercambiando opiniones a través de la radio; cerrando así el círculo que vino a sugerir, y tal vez presentir, en su día, Brecht.

Resulta sorprendente que esta radio que hoy nos convoca siga en algunos aspectos igual, pese a sus 100 años de existencia: invariable, fiel a lo que fue y significó; tan diferente a la de aquellos primeros años, y tan igual a un tiempo; rica y capaz, pese a su escasez de medios, si la comparamos con la televisión, donde se orquestan todos los lenguajes y se despliegan todos los recursos.

La radio que hoy conocemos mantiene su capacidad para informar, discutir y entretener; perdura como un medio no invasivo; acompaña; embebe, pero no emborracha; transcurre libre, diversa y plural; puede ser divertida, ruidosa y masiva y, al mismo tiempo, generadora de atmósferas y ambientes exclusivos, donde el hablante es capaz de dirigirse sin pudor a una persona elegida, que eres tú, en presencia de todo un universo ciudadano. ¡Cuánto habría disfrutado Platón con la radio!

En un tiempo más reciente, a los íntimos estudios de la radio, se asomaron las cámaras de la televisión e Internet que, infatigablemente, todo lo transmiten. Con Jesús Hermida, que había consumido su vida entera frente a ellas, pero amaba profundamente la radio, mantuve una conversación sobre esos “ojos” intrusos que nos brindaba la evolución. Nada que objetar teníamos, ninguno de los dos, porque nada se puede oponer al torrente de la tecnología, que indefectiblemente nos arrastra. Pero coincidíamos también en que “los verdaderos ojos de la radio son la imaginación”, la única capaz de escudriñar el “misterio” de la radio, de adentrarse en una vivencia tan personal y colectiva al tiempo. Y hablando de experiencias compartidas, decía Jesús en una noche de radio en 2013 que, “si sueñas tú solo, eso es únicamente un sueño; pero, si sueñas con otros, si soñáis juntos, entonces, eso ya es una realidad”.

¡Que así sea!

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