Cuando los griegos crearon la palabra mono, para identificar algo único, que sólo es uno, o cuando los árabes introdujeron el nombre masculino maymun con el significado de afortunado, de buen augurio, no imaginaron que la ironía del destino haría que estos términos sirvieran para referirse a un animal del suborden de los simios, considerado de mal agüero y poco singular, pues como nos explicó Desmond Morris en su famoso ensayo “El mono desnudo”, existen 193 especies vivientes de simios y monos, 192 de ellas cubiertas de pelo (la excepción, ya saben, la constituye ese mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de “homo sapiens”).

Entre las diferentes culturas de monos desnudos se ha impuesto la consideración del resto de animales, incluidos los monos con pelo, como seres inferiores. Lo que no quita para que existan honrosas excepciones, como esos monos sabios, representados en el santuario japonés de Toshogu en Nikko, que nos aconsejan no ver el mal, no escuchar el mal, no decir el mal.

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Pero lo habitual es que, todo lo más, los gestos de los monos nos resulten graciosos (de ahí el adjetivo mono/mona para calificar algo de bonito o primoroso), dejando siempre claras las distancias y su incapacidad como animales para alcanzar el nivel creativo de los humanos… salvo por casualidad.

Algo así debía de tener en mente el matemático francés Émile Borel (1871-1956) cuando en 1913 publicó su libro “Mecánica estadística e irreversibilidad”, y queriendo ilustrar un suceso de probabilidad muy pequeña, planteó que aunque un millón de monos se pusieran a teclear durante diez horas diarias sobre una máquina de escribir, era extremadamente improbable que llegaran a escribir un texto con sentido. Y, si uno hace cuentas, así parece:

Considerando una máquina de escribir con 50 teclas, la probabilidad de pulsar una tecla concreta es de 1/50, y como cada pulsación es un suceso independiente, la probabilidad  de pulsar una determinada secuencia de teclas es el producto de las probabilidades de cada una. De este modo, la probabilidad de escribir una palabra de 6 letras, como por ejemplo “monito”, es 1/50 elevado a 6, exactamente 1/ 15625000000=0,000000000064. ¿Y cuál sería la probabilidad de no escribir “monito” al pulsar 6 teclas? Basta calcular la diferencia entre 1 y la probabilidad de escribirlo, de donde resulta 0,999999999936. O si lo prefieren en porcentaje, estamos diciendo que en un 99,9999999936% de los casos (vamos, casi en el 100%) el mono no escribirá “monito”.

Pero ¿y si dejamos que el mono lo intente una y otra vez? Pues las probabilidades se van multiplicando, y eso significa que el resultado va disminuyendo (basta observar que 0,9 x 0,9 = 0,81), así que si dejamos que el mono lo intente 100.000 millones de veces, la probabilidad de de no escribir “monito” se queda en el 0,17%, o sea, que casi seguro que el mono terminará escribiendo “monito” si dejamos que el número de intentos crezca infinitamente. Y un argumento similar se puede aplicar a cualquier palabra o grupo de palabras, de modo que, por sorprendente que parezca, tenemos el denominado “teorema del mono infinito” que demuestra que un mono tecleando durante un tiempo infinito sobre una máquina de escribir será capaz de producir cualquier obra literaria que a ustedes se les pueda ocurrir. O, si quieren acortar la espera (que en todo caso, será infinita), también pueden probar con infinitos monos e infinitas máquinas de escribir.

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En términos estrictamente matemáticos, el enunciado del teorema dice que dada una cadena infinita de letras, donde cada una se elige aleatoriamente, hay una probabilidad 1 de encontrar en ella cualquier subcadena finita de letras.

Pero quédense con la imagen de los monos, como metáfora para comprender las sorpresas que esconden conceptos como probabilidad e infinito, y déjense seducir por la idea, como han hecho muchos escritores, que lejos de sentirse ofendidos, han aportado su propia versión del teorema de los monos infinitos: en “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift se describe una academia donde los estudiantes crean el conocimiento escribiendo letras al azar en un mecanismo de manivelas, en “La biblioteca de Babel” de Jorge Luis Borges se presenta una biblioteca que contiene todos los libros posibles generados combinando 25 letras en 410 páginas, en “La historia interminable” de Michael Ende los habitantes del país de Fantasía escriben palabras con las letras que surgen de lanzar unos dados. Y para los aficionados a los dibujos animados, citar que en uno de los episodios de “Los Simpson”, aparece una escena donde el Señor Burns, jefe de Homer Simpson, muestra una habitación de su mansión llena con mil monos con mil máquinas de escribir, y de paso riñe a uno de los monos por escribir una falta de ortografía.

Pero, ya puestos, ¿por qué no demostrar el teorema en la práctica? Eso es lo que pensaron en 2003 un grupo de científicos de la Universidad de Plymoouth (Inglaterra) que con la ayuda del zoológico de Paigton pusieron un teclado de ordenador en la jaula de los monos. Lo que consiguieron fueron varias páginas seguidas con la letra “s” y otras cuantas con series repetitivas de alguna letra, todo ello antes de que los monos rompieran el ordenador a pedradas. Para evitar estos problemas con el mal humor de los monos, a otros científicos se les ocurrió, también en 2003, hacer el experimento de modo virtual: pusieron en marcha una aplicación informática simulando una población de monos tecleando aleatoriamente, para que escribieran las obras completas de William Shakespere. De momento, estos monos virtuales han conseguido teclear una frase de 16 letras de la obra “Ricardo II”, otra de 24 letras de “Enrique VI” y 30 letras de “Julio César”. Y ahí siguen, dale que te pego al teclado.

Desde luego, si quieren disfrutar de la literatura, les aconsejo que no esperen a que estos monos virtuales terminen sus obras, y acudan a su librería más cercana.

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