Allá por el reinado de Juan II de Castilla (1406-1454) se estableció en sus dominios la obligación de servicio militar, denominada también “contribución de sangre”, por la cual uno de cada cinco varones (en términos matemáticos, la quinta parte o fracción de los hombres) debía de servir en el ejército del Rey. Surgieron así las “quintas”, unas milicias formadas por esos jóvenes quintos reclutados al cumplir la mayoría de edad, antecedente de la prestación del servicio militar, que en España era conocido con esa denominación popular.  Para muchos “reclutas” la ocasión suponía salir de su casa por primera vez, lo que constituía un auténtico acontecimiento que merecía celebrarse con un festejo anual en honor de “los quintos”. Y aunque en el año 2001 suspendió en España la prestación del servicio militar, lo cierto es que las celebraciones se siguen manteniendo en muchos pueblos de España, como un rito de iniciación juvenil. Así fue también como surgió el término  “la quinta” para referirse al conjunto de jóvenes de una generación.

Razones similares llevaron a denominar “quinta” a determinadas fincas y terrenos rústicos, nombre que se remonta a los tiempos en que los acuerdos entre los dueños de un terreno y sus arrendadores incluían la obligación de entregar la quinta parte de la producción, convirtiéndose en “quinteros”.

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Pero además de referirse a cada una de las cinco partes en que se divide un todo, quinta tiene también un significado en la numeración ordinal: en un conjunto ordenado de cosas, se aplica a correspondiente al número 5, o si lo prefieren, la que sigue inmediatamente en orden a la cuarta. Por ejemplo, la “quinta columna” es como denominó el general Emilio Mola (1887-1937) a la continuación de las cuatro columnas de militares que tenía bajo su mando durante la guerra civil española (1936-1939), una quinta columna formada por aquellos que servían a sus órdenes ocultos en el bando contrario.

Casualidad o no, la relación del cinco con lo oculto se encuentra en muchos otros episodios de la historia, desde que los primeros filósofos griegos comenzaron a preguntarse por los elementos esenciales que conforman el universo. El misterio surgió tras identificar las cuatro primeras esencias en el fuego, la tierra, el aire y el agua, cuya composición se hizo corresponder con los poliedros regulares propuestos por la escuela de matemáticos y filósofos de Pitágoras (572 a.C.- 497 a.C.). Y es que uno de esos pitagóricos, Hipaso de Metaponto había construido un quinto poliedro, el dodecadro formado por pentágonos regulares, mientras otro matemático de esa misma escuela, Teeteto (417 a.C. – 369 a.C.), demostraba que sólo existían cinco poliedros regulares, descubrimientos ambos que se mantuvieron ocultos. Mientras tanto, los iniciados reflexionaban sobre cuál sería ese quinto elemento, componente del mundo que debía corresponderse con ese dodecaedro pentagonal, la quinta esencia que concentraría lo más puro, fino y acendrado de las cosas,  pero que por designio de los dioses se mantiene oculta a nuestros ojos.

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De este modo el cinco, representado por un pentágono del que surge una estrella (pentálfa) en cuyo interior se esconde la proporción aurea, vino a convertirse en el símbolo secreto de una escuela pitagórica, que buscaba la explicación del orden del universo en los números, y de la armonía en las relaciones entre ellos, aplicando su máxima sagrada “todo es número” a todos los ámbitos del conocimiento.

Es el caso de la música, que Pitágoras explicó aritméticamente mediante las fracciones de la longitud de la cuerda que vibra al producir el sonido, configurando la base de la teoría de notas musicales que se sigue utilizando actualmente. Y es el mismo caso del movimiento de los astros, explicado la geometría de sus órbitas mediante la armonía de las esferas, en analogía con la armonía de las notas musicales.

Pero los secretos pitagóricos no tardaron en ser divulgados: los poliedros regulares aparecieron en el “Diálogo de Timeo” escrito por Platón (427 a.C.- 347 a.C.), por lo que desde entonces estas figuras geométricas son conocidas como los cinco sólidos platónicos, mientras que la armonía de las esferas  fue expuesta en el “Tratado del cielo”, obra de Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.), donde se identifica el quinto elemento con el éter, sustancia ligera de la que estaría hecho el firmamento del cielo, y constituiría el aire que respiran los dioses, porque la naturaleza aborrece el vacío (principio del “horror vacui”, por el que la nada no existe).

Estas teorías se mantuvieron a lo largo de la Edad Media, en la que los alquimistas y sus ciencias ocultas se afanaron por encontrar la quinta esencia que daría explicación a la composición de los cuerpos y, de paso, permitiría la trasmutación de los metales, abriendo el camino para fabricar la “piedra filosofal” capaz de trasformar el plomo en oro.

Siglos más tarde, y con algo más de rigor, el matemático y astrónomo alemán Johannes Kepler (1571-1630) acudió también a los poliedros regulares y a la armonía de las esferas para formular su teoría heliocéntrica con la explicar el movimiento de los planetas alrededor del sol.

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Hubo que esperar a que la teoría sobre la gravitación universal de Newton (1642-1727), en la que se ordenaban matemáticamente las ideas de Kepler, se uniera a la teoría sobre la presión atmosférica de Torricelli (1608-1647), para que las ideas sobre el éter se fueran disipando, imponiéndose poco a poco el concepto físico de vacío, consagrado finalmente por la teoría del electromagnetismo de Maxwell (1831-1879).

Pero el vacío no ha acabado con esa misteriosa quinta esencia ideada por los matemáticos pitagóricos para explicar de qué está hecha la materia. Y hoy en día se mantiene como objeto de investigación científica, formulada por la Física como una combinación de energía y materia oscura con la que explicar la composición y relaciones de las partículas atómicas. La última respuesta la encontramos en ese bosón de Higgs, también llamado la partícula de Dios, que se ha manifestado huidiza a los experimentos que quieren pescarla.

El caso es que el misterio aún se resiste, y es que quizás la quinta esencia del mundo esté hecha “con el material con el que se forjan los sueños”, frase mítica que la película “El halcón maltés” tomó prestada de obra “La Tempestad” de Shakespeare. O quizás haya que buscarla en otra dimensión que aún desconocemos, como proponía la película “El quinto elemento” aunque su conclusión nos abriera a nuevas dudas sobre su naturaleza: ¿será la anti-energía, la anti-materia, la anti-vida… o simplemente el amor?

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