A la hora de pensar en el comercio tiende a olvidarse la producción y el consumo de ideas que, como cualquier otro producto, fueron siempre susceptibles de rentabilidad. Esta vertiente del comercio cultural y científico ha sido muy poco tratada en la historia, aunque estos intercambios comerciales fueron muy activos en la época del Renacimiento debido al desarrollo económico, la difusión de gustos y de modelos de explicación de la realidad, el paradigma católico dominante en Europa, etc.

Hoy hablaré de la creación cultural en la Salamanca renacentista, época en la que el estudio de las letras humanas adquirió matices históricos, filológicos, éticos y pedagógicos; donde se promovió un retorno intelectual a la Antigüedad grecolatina del que emana a su vez un ideal de formación íntegra y armónica; una cultura humanística que se difundió por Europa junto a importantes hallazgos como la pólvora, la brújula y los caracteres móviles de la imprenta, circunstancias que contribuirían a cambiar el mundo.

Entre 1450 y 1520 nació el Renacimiento en Italia como consecuencia de la conjunción de familias poderosas, ciudades mercantiles y una primitiva cultura burguesa que, a su vez, fueron posibles tras el restablecimiento de paz europea, la reconstrucción demográfica, agraria y artesanal tras la Peste Negra, la revitalización del comercio en ferias nacionales e internacionales y la apertura del comercio atlántico. Este movimiento cultural adquirió nueva fuerza y características a medida que se expandía por Europa, pudiéndose establecer un segundo período de 1520 a 1620 de plenitud del Renacimiento, desarrollo de las peculiaridades nacionales y su lenta sustitución por la cultura del Barroco.

El optimismo ante las novedades culturales no debe hacernos olvidar la ruralidad, la despoblación y las dificultades de la movilidad social y física en la época. Rara vez se viajaba, salvo por trabajo o por necesidades religiosas. Albañiles, actores, impresores, oficiales de la administración, músicos, profesores, estudiantes, peregrinos, gitanos y pobres tenían motivo justificado para sus periplos sin resultar sospechosos. La mayoría de los contemporáneos encontraban todo lo necesario para su supervivencia dentro de un estrecho ámbito geográfico, no superando en 25 km. el viaje medio más largo que hacía en sus vidas, aunque precisamente en esta época y a raíz de los descubrimientos geográficos se produjo el tránsito hacia el moderno sistema mundial (Wallerstein), que permitía acercar lejanos productos y alejar los elaborados en la región. A pesar de los altos niveles de analfabetismo, nunca antes se había producido en el mundo un trasiego tan importante de mercancías y de intelectuales (alumnos, profesores, oficiales de la administración, impresores o artistas). Mientras que -según Teresa Nava– en la mayor parte del Occidente europeo cerca del uno por ciento de jóvenes de entre 15 y 24 años recibían formación superior, las universidades castellanas reunían el tres por ciento de ellos, alcanzando el récord de veinte mil estudiantes durante el reinado de Felipe II.

El trasiego de manuscritos e impresos fue aún más habitual que el de las personas que los escribían, leían, imprimían o enseñaban. Todavía en ese período, al lado de los conocimientos que hoy podríamos calificar de “cultura académica” o de la “pequeña tradición”, viajaban y se difundían también elementos de la cultura “no oficial, o “de las culturas populares”, en palabras de MandrouGinzburg o Burke; ésas que, tintadas de religiosidad, constituían la cultura de todos, también escrita, como matiza Franco Rubio.

En Salamanca se experimentó el influjo cultural del Renacimiento en las tres principales instituciones culturales: el cabildo de la Catedral, el convento de San Esteban y, especialmente, en la Universidad. Muchos de los intelectuales salmantinos se sintieron imbuidos por los modelos greco-romanos; por el optimismo que impulsa la exaltación de la vida mundana, el antropocentismo, la belleza, la naturaleza, el sensualismo, el individualismo, la virtud, la concepción utilitaria del saber y la importancia de la educación (studia humanitatis), con un extraordinario desarrollo de la gramática, la retórica, la literatura, la filosofía moral y la historia. En este sentido podemos decir que Salamanca consumió entonces ideas que no había producido, pues entre instituciones y personas corrieron y prosperaron las novedades y la tradición que los nuevos tiempos difundían.

¿Sólo se aprendieron y enseñaron en Salamanca ideas conocidas? No siempre se ha deparado en la pléyade de conocimientos, teorías y prácticas culturales novedosas que emanaron de los distintos círculos intelectuales salmantinos del momento. Aquí hablaré de individuos que vivieron en la Salamanca renacentista y crearon conocimiento que representó una importante contribución a la historia de la humanidad y que después fueron objeto de difusión y comercialización, a través de clases magistrales, discursos, conferencias, manuscritos e impresos. Las tesis que mantendré en las siguientes páginas no contienen novedad en cuanto a la idea genérica, pues ya Beltrán de Heredia atribuyó en su día a la Universidad la función directora en actividades del pensamiento en la época del Renacimiento; Águeda María Rodríguez Cruz la estudió como cantera de maestros y oficiales para las Indias; Pérez Varas subrayó su importancia cultural, y la exposición conmemorativa del nombramiento de Salamanca como ciudad europea de la cultura rememoró su influencia en hechos y gestas de carácter universal. Aquí pretendo recordar quiénes fueron algunos de esos grandes promotores culturales y qué novedades crearon y comercializaron. Sigo las ideas expresadas en mi estudio: “Producción y consumo de ideas en la Salamanca del Renacimiento”, en Terceras jornadas sobre la historia del comercio y la industria de Salamanca. Salamanca: Museo del Comercio y la Industria de Salamanca, 2012, pp. 29-58.

Durante el Renacimiento salmantino, la producción de ideas estuvo indisolublemente unida al libro impreso y a la Universidad, y relacionada directamente con lo que hoy denominaríamos “mundo empresarial”. En los reinos hispanos la universidad se había revalorizado socialmente desde que Isabel la Católica, en 1493, hizo preceptivo el estudio de diez años en las aulas para recibir un nombramiento en el Consejo Real; ello supuso el cambio de la nobleza por los letrados como colaboradores de la monarquía, en un período en el que las necesidades burocráticas del imperio español fueron crecientes. Al menos hasta la pragmática filipina de 1559 que ordenaba el regreso a las universidades peninsulares de los estudiantes españoles que cursaran fuera de nuestras fronteras, el trasiego de estudiantes y profesores por las universidades europeas fue muy notable. Por ejemplo, en el curso 1581-1582, 598 matrículas de la Universidad de Salamanca pertenecían a estudiantes de origen portugués, grupo que llegó a los 10.000 individuos entre 1580 y 1640 . Un verdadero trajín (acarreo) de personas e ideas que explica el que la Universidad de Salamanca fuera uno de los principales motores culturales de la época y un caldo de cultivo para las novedades de intelectuales tanto oriundos como foráneos.

En próximas entradas en este blog, veremos quiénes fueron los actores y cuáles las ideas novedosas susceptibles de rentabilidad. Debido a la breve extensión que debe tener este trabajo, el apunte sobre cada asunto será muy breve, dedicándole más extensión a las novedades más desconocidas.

  1.  MARCOS DE DIOS, Ángel, “Área lusa”, en M. Fernández Álvarez y otros (dir.), La Universidad de Salamanca, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1989, pp. 425-444.
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