Imagen: Lanpernas Dospuntozero


El protagonista de La Máquina del Tiempo de H.G.Wells inventa el vehículo que le permitiría vislumbrar el futuro en el que una humanidad modificada, separada en etnias, Eloi y Morlock, se enfrentarían en paisajes y escenarios inverosímiles para lograr su supervivencia. Decadencia y evolución pura, del mundo y de los organismos que la pueblan, que finalmente se verán sumidos –y vencidos- por la propia dinámica incontestable de la Geología y de la evolución planetaria en que se integra.

Su contemporáneo Mark Twain, imaginaba un viaje en sentido contrario en su Un Yankee en la Corte del Rey Arturo, en este caso, sin recurrir al desarrollo tecnológico de ingenios, sino a la  visualización imaginada que derivó de un golpe involuntario que, al parecer, afectaría a una región de su cerebro y la iluminaría.

Ambas obras de aquella sociedad en la que la ciencia moderna, experimental, asentaba sus principios y aceleraba conocimiento, puro y aplicable, definen una quimera, que no es otra que la del viajar en el tiempo. Habrá patriarcas de la física y escritores que aprovechen las ideas, y que incluso justifiquen la viabilidad, pero no es el caso que me ocupa.

Uno de los principios en los que se asienta la Geología es el principio del Actualismo, a menudo confundido o entreverado con el del Uniformismo, que esbozaron James Hutton, John Playfair y Charles Lyell. El Actualismo sostiene que los procesos que podemos observar en el presente son aquellos que actuaron en el pasado. En otras palabras a menudo aludidas, “en el presente está la clave pasado”. Esta aparentemente simple asunción revolucionó aquella ciencia hasta llevarla a ser considerada al nivel de las otras básicas.

El geólogo estudia los ambientes actuales, a todos sus integrantes, activos y pasivos, y busca en las rocas indicios que relacionen procesos, que expliquen su génesis.  El geólogo es capaz de imaginar cuál fue el paisaje en el que se depositaron los farallones de calizas o areniscas que aparecen al margen de nuestras carreteras o por los que caminamos en nuestro tiempo libre. Llega a conocer los seres que habitaban en aquel entorno, proporciona edades o explica formas y entramado mineral, dentro y fuera del Globo. Una ciencia histórica, por consiguiente, que aparentemente aporta conocimiento, sorprende, y quizás, a lo sumo, parece proporcionar datos de utilidad económica o social: ¿Cómo plantar un edificio o perforar un túnel en lugar seguro? ¿Dónde hallar hidrocarburos y cómo extraerlo?

Pues bien, en las últimas décadas estamos asistiendo al cuestionamiento del paradigma de los maestros una vez la Ciencia es requerida para aportar soluciones.

El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC), vinculado a Naciones Unidas, con la colaboración de varios miles de especialistas de distintas ramas, sostiene de manera incontestable que el sistema climático terrestre está siendo afectado por la sociedad. Los humanos, su industria y actividades ligadas al desarrollo social, requieren el uso de energía en altísimas cantidades. Los combustibles fósiles comienzan a ser primordiales tras la Gran Guerra, y en ellos se centra el Bienestar al que aspira el presente régimen, por otra parte con un crecimiento de su población exponencial y con idénticas y justas expectativas entre los nuevos miembros que se suman. El coste, uno de ellos, ha sido la inyección a la atmósfera, y por ende al océano, de compuestos como el dióxido de carbono que son capaces de atrapar tras su reemisión, energía transformada en calor, y alojarla en el seno de esas geoesferas de aire y agua. El resultado es la modificación de los patrones de evolución natural, la aceleración de los procesos hasta complicar lo que se considera regular.

Y es aquí donde la Nueva Geología está jugando su baza, modificando el principio lyelliano que recordaba, hasta invertirlo. En este contexto de variabilidad climática inducida por la humanidad, en esta nueva era que de forma oficial se conoce como Antropoceno, quienes nos dedicamos a desentrañar la historia que susurran los sedimentos, sus microfósiles y moléculas cautivas, mantenemos –y así lo manifiesto- que “en el pasado está la clave del futuro”.

El paleoclimatólogo, el paleoceanógafo, dispone en sus archivos de información veraz, incuestionable, de cómo nuestra Tierra ha pasado por episodios en los que la concentración de dióxido de carbono ha sido considerable, muy por encima del presente, de datos sobre cómo han reaccionado los organismos del plancton, o de cómo ha subido o descendido el nivel del mar en función de la concentración de hielo en los polos. Podemos viajar en esa máquina del tiempo desde el pasado y proyectar situaciones en un futuro próximo; no de millones de años, sino a nivel generacional, de décadas. Nos encontramos en una situación insólita en la que un organismo, Homo sapiens, ha modificado el sistema e impuesto nuevos ritmos, pero al tiempo contamos con información aprovechable. La predictibilidad, esencia formal de la Ciencia, se fundamenta en este caso en el pasado y nos está enseñando, aún con la incertidumbre propia de la escasez de datos, que nos dirigimos hacia un marco no esperable hace décadas.

Quizás sea el momento de, como decía Henrry James, dar Otra Vuelta de Tuerca, y con ella espantar fantasmas que no existen, pues los que se consideraban tal, existen.

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