Los medallones que adornan las enjutas de la plaza mayor se agrupan en cuatro pabellones: Real, de San Martín, Consistorial y de Petrineros. Petrineros es deformación de pretineros o guarnicioneros, los artesanos del cuero que estaban instalados antiguamente en esa zona. Este pabellón de Petrineros es muy  heterogéneo y en él, junto a los medallones de Fray Luis, Nebrija, Francisco de Vitoria, San Juan de Sahagún,  Cervantes o  Santa Teresa, inexplicablemente hay uno dedicado al Duque de Wellington.

No se sabe muy bien que hace ahí junto a tan ilustres personajes, un militar británico que no se distinguió precisamente por su buen comportamiento en la península. A él y en general a los británicos  que saquearon y arrasaron Ciudad Rodrigo y Badajoz, que quemaron San Sebastián y que realizaron todo tipo de excesos se refería el pueblo de entonces con su tradicional retranca, llamándolos “nuestros caros aliados”

Arthur Wellesley, Duque de Wellington, participó como es bien sabido, en la guerra de la independencia española y entre otras en la batalla de los Arapiles. Después en la batalla de Vitoria, como nos cuenta Galdós en el episodio del Equipaje del Rey José, se incautó del impresionante botín que el Rey intruso y sus generales se llevaban en carros repletos en su huida a Francia. Había cuadros de Velázquez, de Murillo y otros muchos.

Esa ingente cantidad de objetos de valor y de obras de arte, junto a otras obtenidas de igual modo por toda Europa, pueden contemplarse hoy en Apsley House, la casa museo de Wellington, en Hyde Park Corner. Por cierto, el magnífico cuadro de Velázquez “el aguador de Sevilla” está fatalmente expuesto en un cuarto mal iluminado.

Casa-Museo de Wellington en Londres

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Mucho se ha escrito sobre el expolio de obras de arte llevado a cabo por los franceses durante aquella guerra. Su comportamiento hizo que después en muchos pueblos se pusiera a los perros el nombre de algunos de sus generales, costumbre que por inercia se mantiene aún. Ejemplo son los nombres de Soult o Ney.

Destacó por su avaricia  el Mariscal Soult que desvalijó Sevilla y sus conventos. El conjunto iconográfico de Murillo dedicado a las obras de misericordia en el Hospital de la Caridad, perdió cuatro de sus obras que después fueron vendidas por los herederos de Soult. Hoy día el “San Pedro libertado por un Ángel” está en el Ermitage de San Petesburgo, “La curación de un paralítico” en la National Gallery de Londres, “La vuelta del hijo pródigo” en la Galería Nacional de Washington y “Abraham y los tres Ángeles”en la Galería Nacional de Ottawa.

Es interesante, sobre el expolio francés, un libro de Gómez Imaz publicado a finales del XIX, titulado Inventario de los cuadros sustraídos por el Gobierno intruso en Sevilla en 1810. La lista es de 999 obras de arte de la escuela sevillana.

Pero en el prólogo de ese mismo libro se nos recuerda el mucho daño que hicieron también los ingleses, aliados coyunturales pero enemigos apenas tres años antes en 1805 durante Trafalgar. Escribe Gómez Imaz que “de cómo nuestros aliados los ingleses nos auxiliaron durante su permanencia en España contra la invasión francesa, bien pudiéramos decir como Sancho en su ínsula Barataria, que buenos azotes nos costó…”

Y aporta como pruebas de ello que  arrasaron el fuerte del Espíritu Santo y el castillo de Bonanza  que defendían Cádiz cuando ya los franceses habían huido. O que se dinamitó sin razón alguna nuestra artística Real Fábrica de Porcelanas del Buen Retiro que competía con la inglesa y era preferida por las monarquías europeas. Igual suerte corrió la también competitiva industria textil de Béjar, que ya no se repuso tras el bombardeo que ordenó Wellington.

Por eso resulta chocante que en 1977 se instalara en la Plaza de Salamanca ese medallón dedicado a un militar que vino aquí a defender exclusivamente los intereses de su país y al que el Rey felón Fernando VII concedió además el discutible título de Duque de Ciudad Rodrigo.

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