Si pedimos a alguien que nos proponga un nombre para darle a algo desconocido, adivinen la respuesta más simple que vamos a recibir: “llámalo x”. No tiene mucho mérito porque, como el propio diccionario reconoce, nuestra letra x es el signo con el que sustituir al nombre de aquello que se ignora o se quiere ocultar.

Si nuestro interlocutor ha tenido además ocasión de disfrutar (o sufrir) en clase de matemáticas, aprendiendo a resolver ecuaciones, tendrá también claro que identificar la x con lo indeterminado es cosa de matemáticos.

En efecto, ahí aparece esa incógnita o variable a determinar “x”, cuándo nos enfrentamos en la escuela a problemas del tipo: “calcular el número de años que tiene Pepito, si 2 veces ese número de años más 30 años es igual a la edad de su padre, que tiene 40 años”. Al número de años de Pepito que queremos calcular se le llama “x”, los datos del problema se escriben en forma de ecuación, 2 x + 30 = 40, una igualdad de dónde hay que despejar (dejar sola) a esa x. Seguro que recuerdan cómo se hacía: el sumando 30 se pasa restando al otro lado de la igualdad, 2 x = 40 – 30 = 10, y análogamente el multiplicador 2 se pasa dividiendo, de donde resulta que x = 10 / 2 = 5.

Entretenido pasatiempo, aficionarse a resolver ecuaciones y descubrir las técnicas para encontrar soluciones, todo un amplio campo de las matemáticas denominado “álgebra”. Pero a todo esto, ¿qué tiene de especial la x para que se haya convertido en nuestro símbolo favorito para denominar las incógnitas?

Para buscar la respuesta, cabe remontarse al siglo IX, allá cuando los matemáticos árabes del siglo IX comenzaron a formalizar el álgebra, llamada por ellos “al- ŷabr”, que significa restaurar, por aquello de encontrar el valor de lo que no se conoce. En sus obras los problemas eran descritos a base de palabras y frases, sin utilizar ecuaciones, de modo que cuando tenían que referirse a una incógnita la denominaban “al-shalan” (cosa desconocida) o “shay” (cosa). Así se establece en uno de los grandes textos matemáticos de esa época, el “Al-Kitāb al-mukhtaṣar fī ḥisāb al-ŷabr wa-l-muqābala” (compendio de cálculo por restauración y comparación), escrito por Abu Ja’far Muhammad ibn Musa Al-Khwarizmi (de cuyo nombre se deriva el término algoritmo).

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Cuando un siglo más tarde en la Escuela de Traductores de Toledo tuvo que enfrentarse a esta obra, sin tener una referencia del fonema “sh” que aparece en “shay”, se especula con que fuera traducido al griego clásico como el sonido “ck”, y expresado con la letra griega “X” (“chi” o “ji”, inicial de la palabra “xei” o “xenos”, desconocido), de donde pudo luego pasar al latín como “ch”, que se convirtió en nuestra “x”.

Surge así un argumento un poco artificioso, el de las traducciones desde el árabe, para justificar la aparición en escena la “x”. Como también parecen forzadas otras explicaciones que relacionan la X con un símbolo especial utilizado por algunos matemáticos alemanes en sus trabajos, o las que apuntan al matemático italiano del siglo XVI Pietro Cataldi como introductor de esta notación en las ecuaciones, por haber utilizado en sus obras el 1 tachado, que se asemeja a una x.

Lo que sí podemos dar por cierto es que esta letra se consagró como notación matemática en el siglo XVII, a partir de los textos del matemático francés René Descartes. En su obra “La Géometrie” publicada en 1637, Descartes se plantea utilizar las primeras letras del alfabeto (en su orden a, b, c…) para representar valores conocidos, reservando las últimas letras (éstas en su orden inverso z, y, x,…) para referirse a las cantidades desconocidas. De ahí deriva esa representación gráfica de la geometría cartesiana, en la que los ejes de coordenadas en el espacio de tres dimensiones reciben como nombre precisamente esas letras.

 

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Dando por bueno este origen para nuestra incógnita favorita, ¿por qué prevaleció la x, antes que la z o la y? Sobre esto hay quien dice que la culpa la tienen los impresores de los libros de Descartes, que preferían utilizar el tipo “x” para componer las incógnitas de las ecuaciones, por ser el que tenían más disponible y menos utilizado en el resto del texto.

Con todo, lo cierto es que a partir de Descartes tenemos ya una letra convertida en la incógnita por antonomasia, esa x identificada con lo desconocido, que ha servido de fuente de inspiración más allá de las matemáticas.

Ahí, cuando el físico alemán Wilhelm Conrad Rötgen se encontró en 1895 con una radiación electromagnética capaz de atravesar los cuerpos e imprimir fotografías, le pareció un descubrimiento totalmente misterioso al que denominó “rayos incógnita” o “rayos X”, nombre con el que hoy en día son todavía conocidos.

Alguna musa matemática debió ser también la que iluminara al legislador francés que tuvo la ocurrencia de denominar “plainté contre x” a las denuncias presentadas contra persona o persona desconocidas.

Entrando en el terreno de la imaginación literaria, nos encontramos la famosa x como señal en los mapas del tesoro, identificando el lugar desconocido donde los piratas y otros facinerosos ocultaban los frutos de sus tropelías.

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Más recientemente, cabe recordar aquella serie de televisión, “Expediente X”, calificación que merecían los misteriosos sucesos que investigaban unos singulares agentes especiales, cuyo lema era toda una declaración de principios: la verdad está ahí fuera.

Para concluir, les planteo encontrar la verdad de otra “X”, esa que aparece en algún que otro calendario sustituyendo a la inicial “M” para los miércoles. ¿Creen que se trata de una solución matemática simple, tal como poner nuestra x a modo de comodín y así no repetir la “M” de martes”? O quizás prefieran apuntarse a otras teorías, que recuerdan que este día fue dedicado por los romanos a Mercurio (relacionado con la mercancía, “merx” el latín), aunque los cristianos parece que prefieren dedicarlo a Cristo (“Xristos”, en griego), mientras que algunos historiadores se inclinan por identificarlo con Alfonso X el sabio. Será por misterios, lo que puede dar de sí una incógnita…

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